martes, 18 de junio de 2013

Entre el cielo y el infierno II

Capítulo dos de este fic que no es tan "correcto" como parece jeje disfrutadlo...


Capítulo 1: La verdad detrás de la puerta




Capítulo 2: Falsa libertad

No podía creerlo, hacía segundos se encontraba en la situación más macabra de su vida, y ahora estaba de rodillas intentando asimilar lo que había vivido. Su mente comenzó a jugar con ella ¿Y si todo había sido un sueño? ¿Y si al salir de detrás de esa estantería abriera sus ojos para darse cuenta de que estaba sentada en su viejo sillón? Los cerró inconscientemente al avanzar hasta el centro de aquel sótano. Estaba equivocada, no fue un sueño ya que la luz proveniente de la entrada le recordó que esos dos muchachos idénticos la habían abierto.

Entonces se temió lo peor. Su tío. Jamás se había atrevido a salir de su encierro, si lo hacía ahora sería su primera vez en el exterior desde que tenía uso de razón. Dudó un poco al decidir qué hacer: quedarse y esperar que milagrosamente Larry bajara a decirle que todo estaba bien o aventurarse yendo al piso superior para comprobar qué demonios había ocurrido ahí. Rezaba mientras subía las escaleras. Él estaba bien, cuando cruzara esa esquina lo encontraría sano y salvo. Lástima que su cabeza no controlara la realidad y encontrara el cadáver de Larry inerte en el suelo. Sin más corrió hacia él.

-¡Tío!- Se tropezó al dar con un bote tirado en medio del camino. No evitó la caída puesto que así llegó más rápido al lado de su pariente. Inútilmente lo zarandeó en espera de alguna respuesta que nunca llegaría. Muy en el fondo lo sabía. Él ya estaba muerto. Tras colocar la cabeza de Larry en su regazo, lo abrazó bañada en lágrimas al aceptar el hecho de que nunca volvería junto a ella.

¿Qué haría ahora? Estaba completamente sola. Aun con agua en sus ojos optó por mirar a su alrededor. Inspeccionando cada rincón de esa estancia. ¿Por qué no se le permitía subir allí? Todo se veía tan cálido, tan hogareño. Por fin vislumbraba un poco el porqué su tío no se lo permitía. Pretendía que estuviera fuera de eso, que comprendiera que estaba podrida por dentro. La tentación de verse rodeada por el calor y la comodidad podría hacer despertar, más fácilmente, a ese ser maligno en su interior. En sus sueños asentía ante la invitación de cosas pecaminosas y de seguro su tío le evitaba enfrentarse a algo real, a una tentación que no pudiera rechazar. En sus libros la autoflagelación era un buen método para castigar ese lado malvado en una persona retorcida.

Al fin descubría porque no quería dañarse a si misma. Esa oscuridad que se ocultaba en lo más recóndito de su corazón la impulsaba a creer que no merecía el castigo de los demás. Todos sufrían y ella no estaba dispuesta a pisotearse como ellos. ¿Quién lo decía? ¿Quién tenía derecho sobre lo que podía o no hacer? Su tío ya no estaba para impedírselo. Tenía libertad para hacer lo que le pareciera. ¡No! Aun sostenía el cuerpo ya frío de Larry y ella pensando en tales barbaridades. ¡No! Si seguía así, en poco tiempo sucumbiría al mal.

-¡No! ¡No, no, no!- Se tapó los oídos como si quisiera acallar su conciencia. Desconociendo que simplemente era la razón llamando a sus pensamientos. La ignorancia ante el conocimiento que le habían aportado esos libros. Una idea descabellada se le cruzó en ese instante de confusión. Hasta su tío le había insistido en quemarlos pero Hope lo convenció asegurando que era la único que tenía. Jamás pensó que, ahora, su cabeza la llevara a esa disyuntiva. -Debo quemarlos- No lo analizó más. Se dejó llevar por las estrictas enseñanzas de Larry. Aunque se los supiera de memoria, ya destruidos no podrían tentarla a leerlos de nuevo. Así debía ser. Deshacerse de todos ellos y liberar su mente de cada una de esas lineas malditas, de cada párrafo que insistía en asomarse por sus recuerdos.

Con una decisión tomada, se apartó del cadáver no sin antes cruzar esas frías manos por el pecho inerte y adentrarse en el sótano. Usó todo su ímpetu para sacudir las estanterías hasta hacer caer todos y cada uno de los libros que contenían. Las lágrimas volvían a salir, incluso más fuerte que antes. Su vida sería destruía con todo ese montón de pasta repartida ahora por el suelo. Su cejo estaba completamente fruncido pero su cuerpo inflamando en tristeza no dejaría que cambiara su tajante determinación.

Y ahí estaba, esas tapas duras de aquel libro doloroso que le había acompañado sin ni siquiera saber su título. Ese que aun sabiendo de su contenido altamente trágico la llamaba a voces. Las esquinas doradas y el troquelado en forma floral relucía entre todos los demás. ¿Y si sólo recogiera ese? ¿Y si lo salvaba del olvido para siempre? ¡No! Ese era el que más la hacía soñar con ese ser. Era el menos indicado para librarse de la quema inminente.

El perfil de ese individuo se le apareció de nuevo. Nítido, claro, contundente... La sonrisa ladina que le ofrecía hacía que su vientre revoloteara con fuerza. Se volvía débil ante él. Maldición. Con total arrepentimiento se abrió paso hacía ese dichoso libro y lo abrazó soltando un llanto feroz ¿Por qué? ¿Por qué triunfaba siempre el mal sobre ella? Daba lo mismo, estaba sola. Sola y desolada ¿Qué más daba si se convertía en un demonio cruel y despiadado como aseguraba su tío? Al fin y al cabo todos los demás eran igual, según él ¿Por qué tenía ella que ser diferente?

Buscó en la cocina un mechero y después de buscar por un par de minutos lo encontró. Ya dentro amontonó un poco más todos los libros, prendió la esquina de uno de ellos y lo tiró con el resto. Se asustó cuando una gran llamarada la hizo toser e irse de allí. Espera ¿Qué iba a hacer ahora? Si el fuego se extendía por toda la casa ¿Dónde iría? ¡Estúpida! Se dijo una y otra vez. Ya no había marcha atrás. Las llamas alcanzaban ya el piso de arriba, debía irse de allí cuanto antes. Entonces tropezó con el cuerpo de Larry. Tiró de él sin poder moverlo un milímetro y maldijo de nuevo.

“Quizás sea lo mejor” escuchó en su mente. Pero su tío era católico, jamás le perdonaría acabar así. Otra pregunta azotó sus pensamientos ¿Qué más daba ya? Todo se estaba yendo a la mierda ¿No era mejor que el fuego arrasara con todo? Un impulso por encerrarse en la casa cerrando la puerta con pestillo se hizo presente. Así el mundo se libraría de un demonio más. Sus ojos se cerraron levemente mientras avanzaba decidida para sentarse al lado de su tío.

Pum pum.

Su corazón palpitó como si quisiera salir de su cuerpo.

Pum pum.

El dolor punzante en él la hizo abrir los ojos. ¡No! ¿El mal la llamaba de nuevo? Su ansia de saber más sobre su lado oscuro se hacía cada vez más fuerte. Se levantó sin dudar pero con sumo arrepentimiento, su pesar no le impidió abrir la puerta para librarse de morir calcinada. Al toser toscamente por varios segundos se dio cuenta de donde estaba. El exterior.

El cielo, ese que tanto anhelaba ver con sus propios ojos. Negro, no porque fuera de noche, si no por el ambiente que se respiraba en ese lugar. Independientemente si el humo lo oscurecía se podía ver claramente que acostumbraba a ser así siempre. Una ola de frustración y desilusión la entristeció enormemente. El libro que se escondía debajo de su camisa, a la altura de la tira de su falda, le había pintado una mentira. No, no era mentira. Seguramente el cielo se había vuelto así después de que el autor describiera ese azul precioso tintado en blanco por las nubes. Que pena. Hubiera sido mejor morir ahí dentro, el exterior no dejaba mucho que desear y el mundo que esperaba ver Hope ya no existía. Mierda, sólo mierda.

Se dejó caer sobre sus rodillas ¿Qué le esperaba ahora?

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-¡Ah! ¡Mierda, como duele! ¡Debería estar prohibido que esos culitos blancos tuvieran este poder!- Expresó Key mientras se incorporaba. Ya no estaban en ese sótano. Podría decirse que habían aparecido en aquel sitio inalcanzable y, para algunos, inexistente. Muchos lo llamaban el infierno, el inframundo pero dictaba mucho de serlo. Increíblemente no se ubicaba en ninguna dirección lógica. Ese lugar, por llamarlo de alguna forma, no se regía por el espacio-tiempo. Lo que los hermanos tenían a su alrededor era simple oscuridad con tonos rojizos. Una especie de habitación psicodélica les daba la bienvenida. Al parecer esas cuatro paredes recibían a los que eran “pateados” por los arcángeles en una pelea.

Ahí tenían sus propias reglas, sus propios derechos. Ellos lo odiaban por el hecho de que si querían salir debían adoptar un cuerpo humano. Algo asqueroso y degradante. Sin embargo para los gemelos era una diversión exquisita. Lo jodido se presentaba cuando los arcángeles usaban ese maldito poder para llevarlos de vuelta a donde supuestamente debían estar. Desintegraban la carne humana obligándolos a abandonar el cuerpo. Parecía un deporte para los guerreros blancos, como allí se llamaban.
Los hermanos matizaban ese nombre a “los culitos blancos” en signo de burla y desprecio hacia ellos. Por suerte, sus poderes le permitían regenerar ese mismo cuerpo una y otra vez al ir hacia el mundo de los vivos. Aunque costara algo de tiempo lograrlo.

-Te lo dije Key. Jugar con la mente de esa mujer los llamó-

-No, yo no jugué con su mente... Ella solita entró y se paseó por la mía- Los ojos de Kay se abrieron sobremanera. Lo que estaba escuchando era algo inaudito. -Precisamente eso quería comprobar al entrar en esa casa- Si podrían llegar a tener una conexión total e implacable. Pero Key se llevó el don de percibir el origen y forma de toda clase de criaturas terrenales, y las que dictaban de serlo. Mientras que Kay, por su lado, contrajo el poder de la ilusión, distorsionar la realidad de una cabeza simple sin tener que poner todo su esfuerzo en ello. Ambos manejaban la telequinesis, algo que los hacía bastante peligrosos al igual que temidos. -La esencia de esa muchacha era demasiado fuerte y tentadora. Sí, una virgen también la emana pero algo me decía que no era normal. Esa chica me sorprendió al bajar a ese cochino sótano. La conexión no la comencé yo, hermanito, la empezó ella...

-Key, una humana con poderes mentales... ¿Te estás oyendo?- Ironizó su hermano con una mueca de total incredulidad.

-El que no oye eres tú, imbécil. Esa tía no era normal y punto-

-Entonces, qué es según tú, que lo “captas” todo-

-Jamás me había topado con algo así. No lo sé. No sé “qué” es esa muchacha- La frustración hizo que se despeinara el pelo con fuerza. Kay entendió entonces lo que su hermano aseguraba, ya no había lugar para burlas. Sí Key decía que algo en ella no era normal es que, ciertamente, así era.

-Key, Kay... Os quiere ver ¡Ahora!- De la nada apareció un joven. A simple vista parecía un niño precioso e inocente. Su porte severo y a la vez blanquecino le daban un toque elegante, sus manos agarradas a la espalda en un además de suma educación dejaban ver su buena planta. Una increíble belleza ocultaba su verdadera naturaleza. Quizás sus ojos negros avistaban una ínfima parte de la maldad del muchacho. La sonrisa angelical ayudaba a su engañosa apariencia. Una mezcla escalofriante que para un simple humano sería imperceptible.

-Taemin... Siempre tan molesto- Espetó Key cruzando los brazos, sin embargo acató la orden del recién llegado no sin antes palmearle la mejilla un par de veces.

-Yo sólo vengo a avisaros. Está algo cabreado, bueno no, está bastante cabreado...- Avisó Taemin un tanto temeroso por las reacciones de ambas partes.

-¿Y cuándo no lo está? Anda vamos- Dicho esto Kay pasó el brazo por el cuello del menor y lo atrajo a su pecho. Apretujó los nudillos, frotándolos contra la cabeza de Taemin que se quejó fastidiado por el molesto toque del otro. Dejó atrás cualquier tipo de protocolo para intentar zafarse de su amarre inútilmente.

Cuando llegaron a su destino, Kay aún seguía jugando con la cabeza del pequeño. Al ver la figura imponente que se les ponía delante dejó de hacer cualquier cosa para arrodillarse ante ella, al igual que Key había hecho segundos antes. Taemin, sin saber aún que habían llegado se soltó falsamente molesto y soltando pequeñas carcajadas. Cuando notó la filosa mirada de aquel hombre de presencia tan solemne no dudó en ponerse serio y imitar a los hermanos.

-Bastante divertido, por lo que veo- Su voz ronca calaba en cualquier resquicio de las mentes de los presentes.

-Lo siento mi señor- Se disculpó Taemin levantándose de donde estaba persignado.

-Tú, lárgate de aquí y que no te vuelva a ver sucumbiendo a estos dos estúpidos- Como si de una bala se tratase, Taemin salió disparado de allí. Key no pudo evitar reírse al ver el tropezón que pegó al querer levantarse a toda pastilla. -Gracioso ¿Verdad?

No fue hacia Key si no a Kay. Sin previo aviso golpeó el estómago de este. Lo lógico es que después apartara la mano para hacerlo de nuevo pero no, en ese lugar las cosas no iban así. Kay no podía reflejar signos de dolor, si los dejaba ver, ese hombre aplicaría más fuerza. Key lamentó tener aquella conexión con su hermano, en esos momentos comenzaba a sentir exactamente lo mismo que él, y ese sujeto lo sabía demás. Se aguantó las ganas de gritar cuando vio como la mano de su señor se abría para presionar los dedos hacia dentro. Sin apenas esfuerzo, esos dedos atravesaron la carne hasta llegar a las entrañas de Kay. Escupió sangre al igual que su gemelo. Ambos estaban sufriendo el dolor en dosis parecidas.

-Alto, por favor- Removió más aún los dedos. Destrozando lo que encontraba a su paso. Key no parecía querer parar de hablar entre gruñidos de dolor. -Señor... Esa chica... Esa chica no es normal- El tipo paró sin sacar su extremidad del estómago de Kay. Un alivio que le hacía entender a Key que podía proseguir con su revelación. -Ella... Ella comenzó a enlazar su mente con la mía. Se lo aseguro señor, ella no es normal...- Entonces sí apartó su mano del cuerpo del joven. Este cayó, como Key, desplomado en el suelo. Aún con sus conciencias bien despiertas.

El hombre llegó al lado del gemelo Key y descuidadamente se limpió la mano en la ropa de este. -Interesante... Quiero que averigüéis todo sobre ella. Si hace falta traémela aquí. Si me entero de que algún arcángel ha dado con ella antes que vosotros... No tendréis cuerpo donde sufrir mi castigo ¿Está claro?- Los dos asintieron débilmente esperando que sus carnes se regeneraran para poder irse.

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Se quedó dormida, el frío recorría todo su cuerpo. Si se dejaba morir ahí mismo dejaría de sentirse miserable, mala, putrefacta. Sobó su espalda y al topar con el libro que llevaba ahí volvió a ver el perfil de esa persona. Ese joven que sonreía ahora tristemente. El mal estaba instaurado en sus venas ¿Debía sucumbir a él? De buenas a primeras un halo de luz la obligó a taparse los ojos. Otra vez ¿Qué era aquello? Se arriesgó a abrirlos, fueron a parar a una figura. “Un ángel” pensó, de momento se vio correr hacia ese punto encontrándose con una estatua frente a una capilla. Nunca había visto algo así, sólo sus libros le dejaban avistar de que se trataba. Sintió un nudo en la garganta. Era una pecadora ¿Podría entrar en ese templo sagrado? Otro destello de luz. Alguien jugaba con ella, quizás era bueno seguirla. La luz era algo bueno, su tío se lo había dicho millones de veces. Recordando esto siguió su instinto...


Capítulo 3: Luz en la oscuridad


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Entre el cielo y el infierno by Laura Ramírez Patarro is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
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