martes, 23 de julio de 2013

Monstruo III

Pues aquí os traigo el capítulo tres, es el doble de largo así que tenéis un buen raro por delante para leer. Espero que os guste y me comentéis qué tan os ha parecido :D


Capítulo 2: Sentimientos



 
Capítulo 3: Sensaciones
 

¿Qué haría la gente sin esas sensaciones si es lo que les deja disfrutar de la belleza de su alrededor, lo único que los conecta con el mundo de una forma especial y única? Reconozco que de una manera moderada es de lo mejor que posee el ser humano para interactuar con otros. Pero ¿y si estas se intensificaran hasta mostrarnos cosas que no queremos ver o, mejor dicho, notar? Justamente yo, Taekwoon, tengo que lidiar con esta inusual rareza.


En un principio lo negué, no quería aceptar que ese ser nos estuviera diciendo la verdad pero poco a poco entendí que sí nos dio algo, ¿o me dio solamente a mí? Espero que así sea puesto que me dolería saber que estáis en la misma situación que yo. Esto es algo que para nada pedí, no lo quiero, lo odio. Si pudiera regalarlo lo haría, sin embargo no deseo que nadie más sufra lo que yo ando sufriendo, no soy capaz de soportarlo y jamás pretendería que otro lo hiciera por mí. Muy en el fondo sé que si se me ha dado a mí es por algo, algo que tengo que averiguar tarde o temprano.
 
Jamás he sido muy sociable, pero la diferencia de no querer a no poder es muy grande, en muchos momentos he sentido la necesidad de un abrazo, una muestra de cariño por medio del tacto que no se ha visto correspondida en absoluto. Siempre he evitado cualquier contacto físico, no obstante, antes toleraba roces amigos e incluso el tener que tocarte a ti, esa chica que se atrevía a entrar en mi muro tan bien cercado. En ese tiempo cuando eramos unos simples críos mi corazón parecía frío para los que no me conocían, como tú, hasta que comenzó a helarse gracias a ese maldito día en que todo cambió.
 
Mi vida depende de este “don”, nada es como antes, nada puede serlo después de adquirir tal cosa. Todo está condicionado por esta maldita monstruosidad, porque para mí lo es. No sé qué habré hecho para merecerlo pero no quiero vislumbrar los terribles traumas y las malditas desgracias de los demás, no quiero ver el futuro tan incierto, que para mí se muestra tan claro, de esas personas. No las definiría como premoniciones, son más bien una sensación, una pequeña corriente que me hace saber a ciencia cierta el terrible destino de muchos a los que, accidentalmente, llego a tocar o simplemente rozar. No le deseo a nadie tener que cargar con esto, no sé si yo mismo pueda soportarlo por mucho tiempo, pero aún así aquí estoy, con la mínima esperanza de saber porqué se me concedió tal don y qué debo hacer con él.
 
Mis preguntas se ven aliviadas cuando llego a casa donde Jacky me saluda y, tiernamente jugando, se cuela entre mis piernas haciendo que pierda el equilibrio por unos segundos. Como en un ritual, termino de descalzarme, desabrigarme y corresponder a sus llamadas de atención. Ahí mi cabeza se relaja tanto que los infantiles juegos, que nos evadían de todo, vuelven a ella. Me siento descansando de todo el peso, no sólo físico, si no también sicológico. Y miro ese cajón un par de veces antes de hacer lo de todos los días: lo abro encontrándome con esos habituales amigos.
 
Se ha convertido en una costumbre adquirida. No descanso al cien por cien sin haber visto esas seis formas que decoran, secretamente, mi escritorio. Quizás por este estúpido deseo de volver atrás los guardo tan cuidadosamente. Lo más seguro es que sólo sea yo el estúpido que retiene esta sensación de anhelo por ti, por todos vosotros. Pero faltan dos: este que cuelga en mi cuello y el tuyo, Min Yun. Ese collar que te ofrecí aquel día, ese que seguramente se quedó en ese muro, un muro invisible que nos obligó a separarnos de nuevo ¿lo recuerdas? No, ciertamente el único que lo recuerda aquí soy yo...
 

Ocho años antes / Tokio (Japón)
 
La guitarra en aquel escaparate lo llamaba, como a un niño su juguete favorito. No sería como la suya, la que perdió hacía dos años como a los amigos con los que no tuvo ni tiempo de despedirse, no obstante debía obtener aquella que yacía detrás del cristal. Le apasionaba cantar, cantar mientras tocaba su guitarra ¿Qué demonios hacía trabajando como mozo de almacén? ¿Qué hacía tan lejos de casa, tan lejos de su familia? ¡Ah! Eso. El maldito “poder” que había emanado de él tiempo atrás amargándole la vida. Su rostro formó una sonrisa imperceptible llena de nostalgia y sentimientos pasados, no tan pasados cuando recordaba lo feliz que era en compañía de esos pequeños ¿Dónde estaban? ¿Se volverían a encontrar alguna vez? ¿Volvería a sentirse completo y en paz de nuevo en su miserable existencia? Suspiró frustrado apoyando su mano en el cristal del escaparate. Tenía que conseguirla, aunque fuera un simple objeto le daría una razón para seguir adelante. Ese trabajo era forzoso pero cobraba bien y pronto recaudaría el dinero necesario para tener esa guitarra en sus manos.
 
-¡Ey tú! ¿en qué estás pensando? ¡Ven aquí y deja de estar mirando las musarañas, holgazán!-
 
La voz del capataz lo alejó de sus esperanzas infundadas por simples sueños. Estos se formaban con la misma facilidad que se esfumaban al ver la realidad en la que vivía. Habría adorado los paisajes de Japón si hubiera llegado como turista no como polizón en un barco de mercancía. Ahora era un “sin papeles” en una ciudad altamente estricta. Además de trabajar más de las horas recomendables tenía que cuidarse de las autoridades.
 
-Hm- Respondió mientras volvía a recoger las cajas que llevaba antes de que esa guitarra le llamara totalmente la atención.
 
-Debes dejar de hablar con monosílabos, no hay quien te entienda muchacho. Y eso que sé que hablas perfectamente Japonés si no pensaría que no te coscas de nada de lo que digo- Aconsejó bruscamente su superior.
 
-Lo siento-
 
-Eres imposible, Taekwoon. Venga, que ya llegamos- Le aseguró.
 
Aquel viejo parecía un cascarrabias pero sin embargo le había dado un trabajo, techo y comida. Cuando lo conoció estaba escondido entre contenedores en el callejón de atrás de su casa. En vez de la lógica reacción de echarlo a patadas, le ofreció un baño caliente -digamos que no estaba del todo aseado entre tanta suciedad- le propuso quedarse en su hogar a cambio de que trabajara para él. Sería carne podrida sin ese anciano, le estaba agradecido. Sonrió ligeramente antes de seguirlo de cerca.
 
La mansión era enorme, tanto que Taekwoon tuvo que cerrar su boca con las manos para que no se colaran moscas. Sin parar de avanzar admiraba el jardín típicamente Japonés. Trasmitía una paz increíble, sólo deseó que tuvieran un descanso antes de irse para escaparse un rato por ese lugar. Al entrar pudo ver como el lujo imperaba en cada rincón, sin quitar el estilo nipón de cada detalle.
 
-Señor, ya tiene aquí sus pertenencias- Dijo en voz alta el anciano. No hubo respuesta. Dejando las cajas que cargaba en el suelo y haciendo que el muchacho lo imitara, el hombre volvió a pronunciarse. -¿Señor?
 
-Tienen el dinero y un par de limonadas en la entradita ¡Sírvanse! ¡Gracias por su trabajo!- Una voz femenina se coló por el hall principal. Seguramente se trataba de alguna de las sirvientas, o la señora de la casa. Taekwoon vio su oportunidad cuando ambos iban hacia las bebidas y el mayor recogía el sobre con el dinero.
 
-Em... viejo- Este se giró hacia él. -No tengo sed ¿puedo ir al jardín mientras usted bebe? Le juro que no voy a tocar nada- Aseguró el joven.
 
-Vale, pero como bien dices: no toques nada- Aceptó.
 
Y de nuevo admirando aquel jardín. Había un pequeño puente que unía las orillas del río artificial que adornaba la desmesurada estancia. A decir verdad estaba fascinado, no podía creer que en un simple jardín se pudieran colocar tales cosas. Aspiró mientras cerraba sus ojos y se estiró un poco. Un atrevimiento que se vería castigado con el contacto de una mano en su espalda, muy tímidamente y con temeridad, se vio inundado de demasiadas sensaciones.
 
La tristeza y las ganas de morir lo abordaron, quería desvanecerse. Desaparecer era la palabra más conveniente para las imágenes que comenzaban a recorrer su mente. No eran suyas, pertenecían a la portadora de aquella extremidad que se posaba en la parte posterior de él. Su corazón se encogió sintiendo todo, literalmente todo, lo que esa muchacha tenía en su interior. Ese asco hacia si misma, esa amargura que la incitaba a acabar con su vida ¿Por qué? La respuesta vino al momento, después de dejarse llevar por todos y cada uno de los sentimientos de la joven.
 
Se dibujó un mapa de sensaciones formando un panorama espeluznante, un hombre se le acercaba con una sonrisa lasciva en su rostro. No veía el lugar, no conseguía ver el sitio, ni siquiera la cara de ese tipo. El joven tragó saliva, exactamente como la dueña del recuerdo lo hacía en ese maldito escenario. Quiso detenerlo pero era más fuerte, la forzaba sin que ella pudiera poner resistencia. Dios, el desenlace estaba claro. No quería verlo, no quería llegar al fin de esa macabra escena. Afortunadamente todo se fue, todo terminó, cuando esa mano se alejó de él liberándolo de tener que presenciar dicha situación. Era pasado, lo sabía al igual que cuando se le mostraba el futuro, ¿cómo lo sabía? Jamás lo averiguaría...
 
-Tú, ¿qué haces aquí?- Preguntó la portadora de las sensaciones que le habían inestabilizado segundos antes.
 
Se frotó la sienes antes de girarse hacia ella y contestarle: -Lo siento, soy un simple mozo de almacén que se ha perdido en dirección al baño- Mintió aún consternado. Luchaba por aparentar que nada había pasado pero al mirar a esa chica no pudo dejar de pensar en lo que había visto a través de ella.
 
-Dudo que esté en el jardín ¿no? ¿Qué hacías aquí?-
 
-Huye, si ves la oportunidad, vete lejos de él- Dijo sin más, las imágenes rondaban por su cabeza sin dejarlo pensar claramente.
 
-¿Quién eres tú, y... de qué me estás hablando?- Se alejó un paso de Taekwoon.
 
-Eres valiosa, no mereces acabar con tu vida por ese desgraciado- Aconsejó honestamente.
 
-¿Cómo... cómo sabes...?- Otro paso, seguramente ya lo vería como un monstruo, normal que quisiera librarse de su compañía.
 
-Lo siento yo...- No terminó de decir nada más ya que la joven se precipitaba al suelo desmayada. No le dio tiempo a impedirlo así que se agachó para ver que no se hubiera golpeado en mal sitio. Necesitaba ayuda y la pidió. -¡Ayuda! ¡Por favor, que alguien venga!
 
-¡¿Qué pasa?! ¡Azumi, hija!- Gritó una mujer que al llegar hasta ellos empujó sin contemplaciones a Taekwoon lejos de su hija.
 
-¿Quién eres tú? ¿Qué le has hecho a mí hija desgraciado?- Preguntó enérgicamente el hombre que la acompañaba.
 
Al incorporarse pudo ver como no sólo habían salido ellos dos a socorrer a la muchacha si no que el viejo también salía con dos personas más. Habría observado cada rostro si no hubiera sido por el puñetazo que el primer individuo le dio. Volvió a tener esas malditas sensaciones. Ahora era distinto, era triunfo por haber ganado algo. Aliviado por que no prolongara ese contacto se dejó desequilibrar y cerró sus ojos mientras caía al suelo por el golpe. En el fondo ya conocía a ese tipo, era el mismo que momentos antes aparecía difuminado en los recuerdos de esa muchacha. No podía creerlo ¿era su padre? ¿Este abusaba de su propia hija? Casi vomita cuando el autor del anterior ataque le agarró por el cuello ofreciéndole la desagradable respuesta: efectivamente era él.
 
-¡Habla!-
 
Cada porrazo eran más escenas, más dolor y más sufrimiento. Encajaba todo mientras su mente se trasladaba a los grotescos escenarios ¿lo peor? Que ahora estaba en su piel, ahora sentía la satisfacción de ultrajar a esa pequeña, de poder notar la dicha de ese desgraciado haciendo algo repugnante. Lo miró con odio en una de las veces y le habló sin necesidad de palabras. Lo captó, ese sujeto lo captó y paró en seco al verse desnudo ante el muchacho. Frunció el ceño intentando averiguar la forma en que Taekwoon lo había descubierto y sin apartar su mirada de él, incrédulo.
 
-¡Pare señor! ¡Es mi aprendiz, trabaja para mí!- Intervino el anciano para ponerse entre los dos. -Él no habla mucho pero le aseguro que no es malo, no es malo- Le defendió con humildad.
 
-Tranquilízate cariño, ella es muy débil. Está con varios tratamientos y cualquier cosa la hace desvanecerse. No lo pagues con este muchacho por favor- Convenció la mujer que al ver como su hija era llevada al interior de su hogar cambió toda su atención hacia la tensa situación.
 
-Tienes razón. Siento perder los nervios así pero es ver alguien cerca de mi hija y...- Dijo el muy desgraciado.
 
Los dientes de Taekwoon chirriaron de la presión que comenzaba a ejercer por controlar las ganas de estampar su puño en la cara de ese tipo. Su mujer, la dueña de la casa, ajena a la tragedia de la menor, como era lógico apoyaba a su marido.
 
-Sí señor, no se preocupe. Tiene apariencia fría y fuerte pero no puede dañar ni a una mosca- Lo abrazó fraternalmente. -Es un buen muchacho-
 
-Entonces ¿qué ha pasado? Sus desmayos sólo son causados por fuertes impresiones- Cuestionó la mujer.
 
-Yo buscaba el baño, ella se asustó de mi presencia y simplemente se desvaneció... Lo siento- Terminó por decir Taekwoon.
 
-Sí, últimamente ha empeorado. Los médicos no saben qué es pero dicen que lo más seguro es que todo sea psicológico-
 
-Psicológico- Susurró el muchacho.
 
Sólo ese hombre alzó la vista hacia él, fue correspondido por una mirada penetrante e incisiva. Ese muchacho lo sabía pero ¿cómo? Ni siquiera le había dirigido la palabra ¿por qué tenía la sensación de que conocía su más oscuro secreto?
 
-Lo sentimos mucho, de verdad que mi muchacho no pretendía hacer daño a nadie- Volvió a disculparse el viejo.
 
-No se preocupe, váyanse tranquilos- Concluyó la mujer.
 
Ambos se inclinaron pero Taekwoon no apartaba sus orbes de las de ese hombre, dejándole claro que lo odiaba profundamente ¿Qué hacer? Era un simple peón, no tenía nada que perder pero tampoco quería que la policía conociera su situación y menos meter en problemas al anciano. Como quien hace oídos sordos ignoró a su interior. Este le pedía justicia, justicia por esa muchacha que seguiría sufriendo por un malnacido como su propio padre.
 
Al salir se detuvo repentinamente haciendo que su jefe se volviera hacia él. -¿Qué te pasa Taekwoon?
 
Negó con la cabeza, en realidad no le pasaba nada y ese era el problema ¿cómo ignorar algo así? Definitivamente era mala persona, era un monstruo y ese don lo complementaba. Apartó la mano que intentaba consolarlo y comenzó a correr hacia ningún lado. Explotaría, si no liberaba todas aquellas sensaciones, reventaría como un globo lleno de aire, la diferencia era que él estaba lleno de mierda, mierda que jamás lo liberaría de ese peso que dos años atrás se acopló, sin ser llamado, en su vida.
 
No sabía cómo pero terminó en uno de los barrios más pobres de la capital, justo frente a un puesto de comida al aire libre. Suspiró fuertemente para recuperarse y se sentó en una de las mesas sin esperar que lo atendieran. Cuando la camarera limpió los restos de los anteriores clientes ni prestó atención.
 
-¿Qué desea?-
 
Quizás fuera su cabeza jugándole una mala pasada pero esa voz... esa voz sólo podría ser de ella. Abrió sus ojos completamente sin mirar aún a la joven, esta puso los brazos en jarra mientras esperaba la respuesta de Taekwoon.
 
-Si no vas a pedir nada, vete. Me espantas a los clientes con esa aura tan lúgubre que desprendes-
 
Vio su delantal voltear, lo que indicaba que se giraba dispuesta a dejarlo sin pensar. Se levantó y rápidamente extendió la mano que nunca alcanzó aquella pequeña muñeca. Si la tocaba sus misterios serían revelados, si la rozaba todo el encanto que rodeaba a la que recordaba con tanto fervor se esfumaría. Cerró el puño enterrando el impulso y la miró alejarse, concretamente la zona que pretendió por un segundo estrechar en su mano. Notó una cadena alrededor de aquella muñeca. El símbolo del infinito se veía unido y bien colocado en ella rebotando a cada paso en su piel.
 
La llevaba puesta. Esa pulsera que Min Ki les había repartido en el cumpleaños de Hakyeon. Una pulsera que no podía tener otra persona más que ella, y los otros seis. No. Debía ser una alucinación, ella no podía estar frente a él. No. Imposible.
 
-Min Yun...- Murmuró, cosa que la joven pudo escuchar así que se giró para quedar frente a él.
 
-¿Cómo me has...?-
 
Sin dudar un segundo alzó su rostro convencido de que no encontraría la sonrisa cálida de Min Yun y un azote contundente le sacudió el corazón cuando precisamente fue esa sonrisa la que, al reconocerlo, se torcía bruscamente. Era Min Yun, era ella y lo miraba consternada, no, aterrorizada.
 
-¿Taek... Taekwoon...?- No era capaz de enlazar las palabras correctamente.
 
-Tú...- Se miraron por largos segundos, rememorando la amistad que una vez los había unido.
 
-¡Oh, dios mío!- Se abalanzó hacia él, indudablemente quería abrazarlo. Cuando fue rechazada quedó a medio camino, con una mueca de decepción inconfundible. -¿En realidad eres tú?
 
-Sí- Cabizbajo asintió.
 
-Si mal no recuerdo es peligroso que algunos de nosotros se junten pero... siéntate, hablemos- Dicho esto Taekwoon obedeció, no sin antes esperar que ella lo hiciera.
 
-¿Cómo has acabado aquí, en “este lugar”?- Enfatizó el final de la frase, le parecía lamentable que se viera sumergida en un mundo con tanta podredumbre.
 
-Tsk y me lo pregunta un crío uniformado como mozo de almacén- Oh, era cierto. Él mismo era un fracaso ¿cómo iba a reprocharle que hiciera lo mismo? ¿Cómo pedirle que no siguiera adelante aceptando cualquier salida? Asintió derrotado y sonriendo débilmente, ella siempre le ganaba, aunque él tuviera la razón.
 
-¿Crees que a los demás les vaya bien?- No quería aceptar la respuesta, iba a ser dura si es que ella sabía algo.
 
-Los otros estarán sobreviviendo como nosotros ¿Qué esperabas al tener que huir de esa forma?- Su manera de hablar denotaba un tanto de molestia, era llana y muy basta ¿quizás era por el ambiente donde ahora vivía?
 
-¿Te has encontrado con alguno?-
 
-No, tú eres el primero ¿Crees que en realidad el padre de Wonsik decía la verdad?- Lo miró directamente, podía entrever su curiosidad mezclada con intrigante duda en esas orbes oscuras.
 
-¿A qué te refieres?-
 
-Para huir, ¿teníamos que destrozar nuestras vidas así? ¿De verdad era tan peligroso estar juntos?-
 
-Recuerda a la gente que nos comenzó a perseguir ese mismo día, recuerda la humillación que sufrieron nuestras familias por rumores infundados por esas personas- Apretó los puños y Min Yun tuvo la intención de posar sus manos en estos.
 
Otro rechazo la dejó devastada, necesitaba el contacto con alguien cercano. Que mejor que del que, sorpresivamente, la cargó aquel maldito día. Siempre había sabido que no era muy dado a los abrazos y muestras de cariño pero notaba algo distinto ¿miedo? ¿duda? ¿Había cambiado tanto como para no querer ni rozarla? La tentación por contarle sobre su “don” se vio disipada. La vería como un monstruo en su totalidad una vez habérselo dicho. Reprimió su frustración y decidió hacerle ver que lo que contaba estaba presente en sus pensamientos. ¿Cómo olvidar aquello?
 
-Todo el pueblo nos tachaba de asesinos... Lo recuerdo, lo recuerdo perfectamente Taekwoon. No hace falta que lo menciones de nuevo- Su semblante se apagó, sus manos apoyadas en la mesa temblaron y la necesidad del joven por consolarla se hacía presente, lástima que estuviera tan maldito como para no permitirse hacerlo.
 
-¿Y si intentáramos juntarnos?- Era lo único que compensaba el no poder animarla con una caricia, las palabras. Palabras alentadoras que quizás resultaran para verla sonreír. -Es decir... Yo últimamente me he encontrado extraño- Fijó su mirada en ella. -¿Tú no has notado nada diferente?
 
-¿Qué? ¿Qué quieres decir?-
 
-En realidad yo...-
 
De un momento a otro un joven se les acercó acelerado. -Min Yun, la poli está aquí. Vete ¡corre!-
 
-¡¿Qué?! ¡No, joder!- Dijo la muchacha levantándose. -¿Te vas a quedar ahí parado?- Taekwoon la miró confundido. -¿O me vas a decir que conseguiste papeles por arte de magia?- Tenía razón y si se quedaba preguntándose qué hacer podrían perder un preciado tiempo, así que la siguió sin pronunciar palabra.
 
Corrieron sin rumbo aparente, sin embargo, Min Yun parecía saber exactamente por donde ir. Le había ofrecido inconscientemente la mano un par de veces pero sus rechazos continuos habían hecho que se alejara de él varios metros durante su huída. Se escucharon sirenas cada vez más cerca, incluso oyó un bufido de la muchacha al toparse con una verja que cercaba el puerto.
 
-¿Min Yun?- Le llamó sabiendo la respuesta. Era entrar al puerto o ser encarcelados y la primera opción era tan peligrosa como alentadora.
 
-Ayúdame a subir-
 
No podía darle impulso, el contacto le haría ver cosas que no estaba dispuesto a descubrir. Después de escuchar un insulto de la mano de Min Yun vio como esta se valió de su buena condición física para conseguir saltarla por si misma. Ella no tenía nada qué perder, aquello había tornado a algo de lo que ya no podía arrepentirse y no había marcha atrás. Sin embargo para Taekwoon no estaba tan claro. Ese viejo lo había cuidado, le estaba tremendamente agradecido y no iba a pagarle de esa manera. Aunque Min Yun se preguntara si en verdad era peligroso estar todos juntos, él tenía la certeza de que así era. No, podía ponerla en peligro así que era mejor que cada uno trazara su propio camino.

-¿Y ahora qué?- Le preguntó detrás de la verja.
 
-Min Yun-
 
-¿Qué pasa?- Ella comenzó a entender la situación. Taekwoon no estaba dispuesto a irse con ella. -Vamos, no seas estúpido. Ven- Sabía que el intento era en vano, cuando el joven decidía algo nadie lo hacía desistir.
 
-Ve, el barco está apunto de zarpar y la trampilla de mercancía está apunto de cerrarse- Dijo este tristemente.
 
-Pero... ¡Taekwoon!- Sus manos golpearon la verja para que la mirara.
 
-Forja un futuro mejor que el mío y si algún día nos encontramos tal vez intente ver las cosas de otra manera. Lo siento Min Yun, en verdad lo siento-
 
Dicho esto se dio la vuelta para alejarse, aunque más que nada era para ocultar sus lágrimas. Ella también lloraba, ambos destrozaban el corazón del otro.
 
-Cobarde, un simple cobarde-
 
-Min Yun- Dijo ignorando el ataque de esta. Ahora se giraba sacando un colgante de su bolsillo. Ya no le importaba que lo viera tan afectado. -Yo una vez quise daros algo, algo que nos uniera de cierta manera. Después de lo que nos pasó no he tenido la oportunidad de dároslo. No obstante, quiero que tú lo tengas. Por favor, acéptalo-
 
Tranquilamente lo enroscó en la verja con la esperanza de que ella lo recogiera. Esperó varios segundos hasta que una punzada le atravesó el corazón cuando la muchacha se alejaba sin darse la vuelta, dejándole claro que no quería su dichoso colgante. Asintió ante la cruda realidad y también se alejó, no tenía caso que recogiera algo que no estaba destinado a ser llevado por él. Si se quedaba en esos alambres para siempre sería decisión de su dueña. Min Yun...


Capítulo 4: Control



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