lunes, 4 de noviembre de 2013

Monstruo V

Os prometo, os lo juro, la próxima semana subiré "You fallen for me" >< de verdad. Perdonadme, es que necesito inspiración para seguirlo, como en todos mis fics :D
Bueno os dejo con este capítulo de Monstruo ^^


Capítulo 4: Control







Capítulo 5: Tiempo

Llevo años echándole la culpa de todo. Llevo mucho odiando el paso del tiempo. Soy tan estúpido que mis problemas los resuelvo con un simple “el tiempo lo dirá”. Paso de esforzarme por nada, me olvido de luchar puesto que abandoné la esperanza hace ya bastante. Sólo quiero que pare, que el tiempo se quede estancado y yo no envejezca. Sí, eso es lo que deseo con toda mi alma. Mi vida es una porquería, tengo todo lo que un hombre puede ambicionar, no obstante, mi interior sigue vacío, haciendo que la gente que me importa se distancie de mí ¿qué demonios me pasa? ¿Por qué me comporto así? Claro, es mi auto castigo, fue mi fallo, yo fui el que me lo busqué y ahora me lo estoy haciendo pagar. Si ese día no hubiera insistido en ir al bosque incitando a la curiosa Min Yun nada de esto estaría pasando.



Es mi culpa, lo sé, y debo pagarlo como lo estoy haciendo. Aunque jamás pensé que dolería tanto. Desde que ese ser se nos presentó mi cuerpo ha estado desarrollando una serie de maquiavélicos poderes. Sé que es para mortificarme, sé que no debo quejarme por algo que merezco, pero esta maldición me obliga a mirar todo lo que me rodea como si se fuera a ir de mi lado, soy tan infeliz... ¿Y qué hago? Nada, sólo fingir que soy un crío, inmaduro ¿verdad? Pero qué haría alguien que tiene este poder, qué se le cruzaría por la cabeza a una persona que pudiera quemar la vida de otra con sólo tocarla. Espeluznante ¿no es así? El tiempo es mi arma y, a la vez, mi verdugo.

Quise mil veces desaparecer, no depender de mi pequeño hermano, que por desgracia adquirió el mismo don. No, no es el mismo, es todo lo contrario aunque también lo odie con todo su ser. Todo es tan extraño cuando nos encontramos, él no quiere tenerme cerca, y yo deseo su compañía, nuestra relación se basa en lo más básico entre parientes. Me he dado cuenta de que cuando estamos juntos mi envejecimiento se ve pausado, lo necesito a mi lado pero me da miedo decírselo, temo que por este hecho piense que lo uso. En verdad es así y me detesto a mí mismo por ello. ¿En qué me he convertido? ¿Al contrario de mi hermano, me he dejado llevar por este maldito poder? En nuestra infancia éramos inseparables, siempre habíamos sido el apoyo del otro ¿dónde dejamos todo aquello? ¿Qué estoy haciendo mal? Lo estoy pediendo todo, lo pierdo a él... la pierdo a ella... So Hee.

Tuve la suerte de encontrarla. Mi esposa, mi amiga, mi mujer. Tener a alguien que aún siendo tan infantil me ha amado hasta ahora. Es simplemente perfecta, la persona que más feliz me ha hecho en toda mi vida. Me destroza no corresponderle, por mi temor a perderla sólo la hago sufrir, sufrir por esas mínimas cosas que en una pareja normal se pasarían por alto. Soy un desgraciado por pensar sólo en mí, por retenerla a mi lado cuando debería dejarla ir y que sea feliz con otro que la merezca más que yo. Pero mi cuerpo la reclama tan fervientemente que al verla alejarse siempre la obligo a volver. La termino confundiendo y me siento como un desgraciado cada vez que eso ocurre. Cuando estoy derrocado ella vuelve, increíblemente siempre vuelve a mí importándole muy poco el daño que le haga. Aun así sé que me ama y sabe que la amo, pero el daño colateral nos está destrozando. Llevamos semanas viviendo separados, ella en la casa que compramos tan ilusionados cuando nos casamos y yo en el pequeño despacho del local que nos ha dado tantos disgustos como alegrías. No está bien, esto debe acabar, tenemos que parar, esto no es sano. Por esto, y con todo el valor que me queda, le voy a pedir el divorcio. Sí, por ella, por su felicidad la alejaré de mí, aunque esto me desgarre por dentro, está decidido. A pesar de mi arrolladora y aparente valentía he tenido la desfachatez de hacerlo por una simple carta:

“Soy tan cobarde que sólo me atrevo a hacerlo de esta manera. A través de un simple papel con mis más sinceras palabras:

Desde que vi tus ojos por primera vez caí rendido ante ellos. Olvidé mis complejos y, sobretodo, mis miedos. Sabes lo que siento por ti pero sé que necesitas que lo diga, que haga el esfuerzo de pronunciarlo ¿por qué no puedo hacerlo? ¿Qué me hace tan cobarde como para dejarte ir sin decírtelo una sola vez? Ah, no recordaba que mi mayor enemigo soy yo mismo, no puedo retenerte cuando yo mismo te alejo... Me maldigo, maldigo la hora en que encontré excusa para acobardarme ¿quiere decir esto que lo nuestro no era tan fuerte? Temo que así sea y retraso lo inevitable haciéndote la vida tan difícil. Perdóname pero te amo y no hallo la manera de demostrártelo. Así que te pido el divorcio, deseo que encuentres la felicidad en otro lugar y que no vuelvas a ver a este desgraciado en el que me he convertido.

Te quiere, Jaehwan”


Actualidad / Ciudad de Seúl

-Tenemos al duo a punto de llegar, han venido desde Japón para estar aquí. Necesitamos que se sientan como en casa ¿de acuerdo?-

El joven daba las pautas a seguir para el inminente mini-concierto que se celebraría en su local. Jaehwan, o más conocido como Ken, era claro en sus decisiones siempre que no abarcaran asuntos personales. El mejor dueño, el mejor administrador, él era lo que ese local necesitaba. Sus trabajadores jamás habían formulado queja alguna sobre él. En ese sentido su vida iba perfectamente pero claro, la suerte en el dinero parecía ser restada al ámbito personal. Su mujer estaba por recibir su carta desgarradora pidiéndole el divorcio tan cobardemente y sospechaba que antes de que acabara la tarde la tendría allí gritándole unas cuantas de sus merecidas verdades.

Como si sus pensamientos la hubieran invocado la puerta de su despacho se abrió para dejar ver a una So Hee al borde del llanto. Era preciosa incluso con lágrimas en los ojos, ¿qué había hecho con esa mujer?

-Dejadnos solos- Pronunció él temiendo que su todavía mujer estallara y sus asuntos matrimoniales fueran ventilados por todo el local, aunque igualmente los trapos sucios de ambos flotaban hacía mucho tiempo por aquel lugar.

Ella esperó a que todos salieran para hablar después de dar un fuerte portazo. -¿Cómo puedes ser tan mezquino?- Se acercó hasta él, lo bastante como para que Jaehwan viera la rojez severa de su rostro.

-No sé a qué te refieres- Fingió, lo sabía perfectamente.

La cara de la muchacha lo hacía vacilar, era una belleza tan dulce. Sin embargo su mueca era dura, decidida y muy irascible en esos momentos. Sólo tenía que olvidarse de todo y apoderarse de ella allí mismo, en el despacho. Pero no, estaría haciendo de aquello un ciclo vicioso del que jamás serían capaces de salir. Debía pararlo, no estaba dispuesto a hacerle más daño. Cuando la conoció le llamó la atención aquella pureza que desprendía, esa inocencia de sacar el lado bueno de todo el mundo. Se sintió enormemente atraído cuando supo que sólo con él sacaba su lado más escondido, ese lado que atemorizaba a la misma muchacha. Aunque sintiera rabia sabiendo que era el único que la solía poner así, desquiciada. La amó cuando comprendió que debía sentirse afortunado por ver su verdadero yo.

Tiritó cuando So Hee colocó un mechón de su pelo detrás de la oreja, aquel gesto lo volvía loco, por infinitas veces que lo viera. Mierda ¿lo hacía adrede? ¿Lo estaba provocando a sabiendas? Ella era consciente de que un chasquido de dedos y lo tenía doblegado, loco por volver sentirla como su mujer. No, debía ser frío con ella, aunque significara decirle palabras que ni sentía, para alejarla de un mal mayor tenía que hacerlo. Sabía que si volvía a él jamás podría liberarse y ser feliz. Tragó saliva concentrándose en otro punto, justo al costado de So Hee, donde esta revolvía su bolso por completo, su nerviosismo era palpable. El corazón de Jaehwan se encogió, sabía qué era lo que buscaba tan fervientemente.

-Sabes que si te esforzaras lograríamos salvar lo nuestro, pero jamás pensé que fueras capaz de esto- Reprochó So Hee una vez que encontró lo que buscaba.

Tiró varios trozos de papel en la mesa central del despacho, la carta que había escrito el hombre frente a ella se hallaba desgarrada en aquellas finas hebras, al parecer se había recreado bastante en despedazar el folio, y con una saña considerable. Le daba rabia sentirse culpable, la pureza que desprendía para con los demás siempre se veía colapsada por él. No la dejaba ser generosa, no la dejaba ser así con él ¿por qué?

-No soy bueno para estos asuntos, eso también lo sabes- Como un crío desviaba el problema, restándole importancia.

-Siempre he aceptado tu lado infantil, te he querido tal y como eres. Pero esto es demasiado, ¿no crees que deberías aceptar un poco de responsabilidad en todo esto?- Sus ojos incisivos captaron la atención del chico, ¿cómo no hacerlo? Tenía razón, no obstante, dejar caer esa fachada de irresponsable la haría mucho más infeliz, mejor pensar que la culpa era sólo de él. Si era el malo de la historia quizás el dolor de ella sería mucho más liviano. -¿Crees que soy de piedra Jaehwan?- Oh, por supuesto que no, más bien de cristal, frágil y con alguien que la protegiera. No iba a ser él, por desgracia, no se le concedería ese privilegio.

-Lo siento, así lo he decidido y si quieres que salga de mi boca pues saldrá. Quiero el divorcio-

El nudo en la garganta y el dolor en su estómago se multiplicó al ver las lágrimas empapar el rostro de So Hee. Esperó una retahíla de razones, réplicas y recriminaciones, sin embargo, nada de eso llegó. Lo que escuchó lo hundió aún más en su propia tumba.

-Te lo daré. Si es lo que quieres así será- Lo vio titubear, sus ojos plasmaban infinita duda. -Déjame decirte que esto no solucionará nada, quizás encuentres otra mujer, otra vida y todo lo que anhelas pero jamás podrás ser feliz, no si sigues escondido en ese muro de aparente inmadurez. Te conozco, tanto como tú a mí y aunque creas que no es así te digo que ese infantilismo que das al mundo sólo es para ocultar tu miedo, ese miedo a envejecer- Sin más que decir se giró sobre si misma, altiva y triunfante.

Jaehwan se sentía desnudo, había fingido como un condenado la verdadera razón de porqué se hacía el irresponsable ¿cómo? ¿Cómo podía haber llegado a leer su interior? ¿Significaba eso que ella era... No, aunque se amaran ella jamás podría ser su alma gemela. Ella tenía que ser feliz lejos de él.

-So Hee- Maldición.

La susodicha paró en seco, había logrado lo que se proponía, o eso parecía.

-Aunque dejará de fingir que soy un crío jamás podrías estar a mi lado, sé que algún día sufrirías un daño irreparable por mi culpa- Aseguró Jaehwan. Ella aún seguía de espaldas a él.

-Lo único que nos separa es el orgullo. ¿Podremos algún día aceptarnos tal y como somos?- Replicó.


-Te amo, So Hee- ¿Por qué? ¿Por qué en ese mismo instante? Eso la hacía vacilar, maldito impulso. Si So Hee se volvía hacia él en esos momentos todo su afán de alejarla sería en vano, tenía que arreglarlo antes de que sus pies giraran. -Es la primera y la última vez que te lo digo-


Escuchó los sonoros sollozos de su todavía mujer. La vio dirigirse la mano a la cara y bajar un poco la cabeza, parecía mareada. -Bien, me quedaré con esa única palabra cuando volvamos a vernos, para firmar el divorcio- Dicho esto se colocó bien el bolso y casi corrió hacia la puerta para desaparecer por ella. El pecho de Jaehwan se quedó sin aire y tuvo que sentarse en una de las sillas. Miró la carta hecha pedazos y la arrugó en un buen puñado. Había tocado fondo.

-Ken, los chicos ya están aquí. Cuando des la señal comenzaremos a abrir las puertas- El gerente del local estaba en la puerta, esperando la típica reacción en Jaehwan, sin embargo notó que su jefe no se encontraba bien, lo vio tirar algo a la papelera sin percatarse de su presencia. -¿Jaehwan? He visto a So Hee irse corriendo ¿habéis discutido?-

-Ojalá fuera sólo eso- Le sorprendió que estuviera escuchando en realidad. -Le he pedido el divorcio- Los ojos cansados de Ken contrataban con los del muchacho recién llegado. -Y ella ha aceptado, de buena gana. Sin oponerse ni siquiera un poco- Su voz se quebró e intentó disimularlo. Se volvió completamente hacia su compañero y al ver el semblante decaído de este quiso restarle importancia, como habitualmente hacía. -Ni que nos fuéramos a morir Seung, ambos seremos libres y ya no tendréis que aguantar nuestras broncas. Fiesta, haré una fiesta por estar de nuevo en el mercado jeje- Su tono no combinaba con su mueca, sombría y desolada. 

-El duo está aquí. Sé que quieres saludarlos antes de que suban al escenario. Date prisa, ya casi es la hora- No quiso echar más leña al fuego y, cambiado de tema, se centró en lo que en un principio iba a comunicarle. 

-Bien, comenzad a organizarlo todo cuando queráis, mientras voy a ver a los muchachos-

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Caminaba descalza, sus tacones fueron arrojados a no sabía donde ya que le impedían correr plenamente. Luchaba por esconderse de ellos, esos que hacía un par de semanas iban tras ella. Recordaba aún la primera vez que vio a uno de esos hombres, fue el mismo día donde se le fue dado aquel don, si podría llamarlo de esa forma. Aquel individuo que salió de su camioneta cuando perseguían al ser resplandeciente que tornó oscuro. Eran de la misma coalición, estaba segura.

¿La usarían como conejillo de indias? ¿Por ese poder que se le concedió? Jamás, por muy derrotada que estuviera en la vida dejaría que la investigaran como un animal, como un monstruo. Además llevaba muchos años huyendo para dejarse atrapar ahora, sería en vano todo aquel recorrido que comenzó intensamente hacía ya bastante tiempo. No sin antes volverlos a ver, no sin antes saber su propósito en la vida.

Mientras se dolía por el asfalto maltratado de una bocacalle recordó lo curiosa que era de pequeña, en los líos que se habían metido los ocho, esos pequeños granujas que tenía intención de recuperar, algún día. Cayó golpeándose la rodilla izquierda, las piedras salientes de la superficie le la rajaron haciéndola sangrar. Llevaba unos baqueros, que desgraciadamente estaban rotos por ese punto y maldijo el hecho de que amara usarlos en cualquier ocasión. Examinó la herida para comprobar que podía con ese pequeño dolor, tampoco iba a desangrarse por ello. Se levantó sintiendo un gran pinchazo en el tobillo, maldición, se lo había torcido. Ya no era un simple raspón, aquello la retrasaría en su huída y se arriesgaba a ser cazada. No, por nada del mundo lo permitiría. Acumuló adrenalina para despejar su mente y olvidarse del dolor punzante.

Cojeando llegó a un local, donde la cola llegaba hasta la esquina de la avenida principal ¿quién pagaría por ver a un estúpido cantar en un escenario? Odiaba a esos idols que por su cara bonita llegaban al éxito y conseguían fama. Ella corriendo por su vida desde que tenía quince años y esos niñatos disfrutando del calor de sus fans, patético. Sin embargo, por la pinta que traía parecía una adolescente, se había “disfrazado” para librarse del que meses atrás la había obligado a... mejor dejaba de pensar en eso y terminaba de colarse entre la gente, o sería lo último que hiciera en libertad.

Se colocó el pelo mientras se miraba en el espejo retrovisor de un Chevrolet Impala, azul eléctrico para ser exactos. Si no estuviera huyendo lo habría admirado como se merecía, sin embargo, no estaba para esas estupideces. Al ver su imagen, medianamente decente, en el reflejo, se puso a la cola.

-Joder, ¿qué es esta mierda?-

-Hay mucha gente, seguro está en la cola. Ve al principio, yo empezaré por el final- Mierda, la muchacha respiró hondo y tapó su rostro con la palestina que llevaba colgada al cuello.

Era inevitable que tarde o temprano dieran con ella, esperó temblando el momento para luchar y zafarse si fuera necesario. Un pequeño detalle se le escapó, estaba descalza, nadie parecía haberse dado cuenta pero ellos si lo harían. Se acercó al lado de la pared y con disimulo avanzaba por entre la gente, increíblemente nadie se quejó o la detuvo. Disimulaba tan bien que la gente pensaba en ella como miembro del staff del local. Contuvo la respiración cuando el que se había ido al frente pasó muy cerca de ella. Suspiró al ver como ponía sus manos en los hombros de otra muchacha, con la misma complexión que ella. Aprovechó ese instante para llegar donde el portero examinaba las entradas de las quinceañeras. Había también algún que otro chico y gente entrada en años, como ella. Sintió curiosidad por saber si el artista que se presentaba en verdad tenía talento.

-¿Dónde crees que vas?- Preguntó otro portero, maldición, no lo había visto en primera estancia.

La agarró por el antebrazo tan bruscamente que su abrigo se descolocó. Ella sintió la necesidad de hacerlo, de usar su poder ¿se dejaría llevar esta vez por él? Estaba aterrada, no por haber sido descubierta, si no por tener que influenciar de nuevo a alguien. Se sentía tan poderosa al hacerlo que daba miedo, mucho miedo. Vio como el armario de tres puertas, que era el encargado, de seguridad acercándose a ellos. El que la sujetaba giró su cabeza a un lado, la miraba de arriba a bajo terminando en los pies, el otro hizo lo mismo. Seguramente degustando su figura como cerdos y imaginando mil cosas obscenas al verla con los pies desnudos. Una cualquiera, así se sentía con esos ojos incisivos en ella. Se odió cuando decidió sobre aquel atuendo, pantalón vaquero y una simple camiseta de tirantes, bastante ligerita, debajo del chaquetón que ahora le colgaba por los hombros. Inventó la escusa más convincente.

-Soy la bailarina de este local ¿algún problema?-

-Aquí no hay ese tipo de espectáculo. Dime ahora mismo qué...-

No pudo proseguir, la mano de la muchacha se cernía a la suya. El grandullón observó atemorizado la escena. Los ojos de la joven tornaron grises, un gris plateado anormal pero a la vez cautivador. Se encontró admirando la profundidad de estos y no notó como la mano libre de la chica alcanzaba su propia extremidad. Conectados, entre recuerdos que antes no parecían haber estado. Ella era la bailarina del local, ¿cómo lo habían olvidado? Las imágenes en sus cabezas brotaban fuertemente, indicándoles que decía la verdad. Hasta se habían ido de copas con ella, claro, era muy conocida en ese local. Ella era...

-¿Ahora lo recordáis?- Les preguntó altanera.

Ellos salieron del trance, nadie se había percatado de nada y ellos no recordaban bien los minutos anteriores. Estaban borrosos. Sonrieron al ver una cara conocida y la dejaron pasar, incluso el más grande la escoltó al interior. Dirigió una fugaz mirada hacia fuera. Allí estaban aquellos hombres, los únicos conscientes de su don. Sin poder hacer nada ya que si querían entrar debían esperar en la cola y tener el pase al local. Les había ganado, como otras tantas veces. Les sonrió burlescamente mientras atravesaba la puerta triunfante.

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-No quiero, Hongbin, por favor. Quiero volver- Suplicó la joven.

Mientras su chico bajaba del coche que había comprado hacía sólo unos días, se trataba de un viejo y medio destartalado escarabajo marrón. Una reliquia para él y un trasto inútil para ella. Igualmente le encantaba pasar el día dentro de este junto a su pareja. Bueno, no tan pareja, ellos eran algo como “amigos con derechos” sin embargo, y negándolo mucho, ella quería algo más. Llevaban como cuatro años saliendo y no habían parado en un lugar fijo, eran prácticamente dos trotamundos en busca de aventuras. Las tenían, claro pero siempre estaba ese algo que a Hongbin le hacía volver a su hogar. Por lo menos, una vez cada tres meses, viajaban de regreso y a ella no le hacía mucha gracia. Su pasado y su familia mientras más lejos mejor.

-Eun Mi, serán sólo un par de semanas- Casi ignorando su petición, sacó las maletas de ambos y se dirigió a su destino. Ella sólo bufó derrotada y se colgó distraídamente de su brazo. -Parece que hay una presentación-

-Bueno, no va a ser tan malo como pensaba- La chica amaba la fiesta, y aquello parecía ser el comienzo de una. La entrada del local de su “cuñado” estaba repleta de gente, agradeció ser pariente, una entrada VIP, y se dejó guiar por Hongbin. Este torció una sonrisa insignificante. Estaba en casa.

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Ken bajaba las escaleras, yendo desde su despacho para cruzar el escenario, detrás estaban los camerinos. La gente ya llenaba la parte central, y el anfiteatro estaba casi en la misma situación. Sonrió por el éxito que tendría esa noche su preciado local, si tan sólo ocurriera lo mismo con su vida personal...

De repente sintió un cosquilleo febril en el estómago. No podía creer que ella estuviera frente a él, bueno, en el centro de todo el jaleo, mirando hacia todo su alrededor como un pez fuera del agua. Sonrió al saber que, seguramente, estaba alucinando. Sin embargo, al avanzar entre la multitud la imagen de ella cada vez más cerca le confirmó que estaba equivocado: no era ninguna alucinación, ella era real.

-Min Yun...-

Se giró, la muchacha se giró hacia su voz. Oh, dios. No podía ser cierto, después de tanto tiempo. Quiso seguirle hablando pero ella le volvió la cara, como si lo ignorara. Se sintió pesado, estaba seguro que era ella, ¡incluso se había dado por aludida al llamarla! Se acercó más a ella e intentó agarrarla por el hombro, cosa inútil cuando la muchacha se libró de su toque hábilmente ¿por qué?

-¡Min Yun!- Gritó entre la gente.

Esta se alejaba entre bastidores, bien, justo donde tenía pensado ir él antes de avistarla. La siguió de cerca sabiendo que ella también sabía que lo tenía detrás. Sus ojos se cruzaron un par de veces en el trayecto. Justo al llegar a un pasillo Ken alcanzó a ponerle una mano encima, concretamente en su brazo derecho, tiró con fuerza para ver como ella mordía sin contemplaciones la carne de sus dedos. Jaehwan jadeó dejándola ir adolorido, ¡le había hincado el diente, le había hecho sangrar!

-¡Min Yun!-

No le dio tiempo a decir nada más puesto que un tipo con traje negro y bastante sombrío capturaba a la muchacha que por querer huir ciegamente de Ken no se había fijado en que delante tenía a uno de sus incansables perseguidores. Ella luchó con todas sus fuerzas por liberarse y Ken se abalanzó hacia el tipo que la aprisionaba.

Algo que sí captó la total atención de Min Yun fue el efecto que tuvo la mano de Jaehwan en la muñeca de aquel desgraciado. Poco a poco, la piel de su mano se volvió amoratada, la muchacha observó como ese color se extendía rápidamente por el cuello, cara y ojos. Unos ojos que perdían la vida cada décima de segundo. ¡Estaba muriendo! ¡No, estaba envejeciendo! Envejeciendo a una velocidad vertiginosa. Lo peor llegó, las arrugas y la delgadez del hombre, que hacía unos instantes era joven, ahora revelaban cinco décadas más. Habría bastado con dejarlo raquítico y masacrado, como un viejo. No obstante, Ken no podía parar, no quería parar.

Se encontró con la mirada indescifrable de Min Yun, por fin lo miraba a los ojos. Con temor, con miedo. Como un monstruo. Soltó el cuerpo, ya sin vida, del hombre. Vio como la muchacha miraba la caída del cadáver y volvía a sus ojos.

-¿Jaehwan?- Sí, el mismo.

-Sí, yo...- Se acercó a ella, y esta retrocedió. -Entiendo que creas que soy un monstruo, bueno lo soy pero...- Min Yun lo interrumpió.

-No, tú también...- Aquello lo desconcertó. -Debemos irnos, queda uno más y pedirá refuerzos. Has matado a uno de ellos, ahora estarán encima de nosotros y si no nos damos prisa conseguirán lo que andan buscando-

-¿De qué hablas?- Jaehwan pasó de un estado de culpa y inseguridad por explicarle algo coherente, a sentirse como un imbécil atrapado en un mundo mucho más raro que él mismo. -Yo no...-

-Sea cuál sea la vida que llevabas hasta ahora ha dejado de existir por el momento- Jaehwan abrió su boca, su local, su vida... bueno, ahora había matado a un hombre ¿qué pensaba que iba a pasar? -A la gente que has conocido y los lazos que has construido en este tiempo se verán rotos, es mejor así o ellos atacarán lo que más te duele: tus seres queridos- “So Hee”, pronunció mentalmente Ken.

-Pero ¿quiénes?-

-Los hombres que nos han perseguido desde que ese ser nos brindó estos dones. Pensaba que sólo yo había adquirido esta maldición pero desgraciadamente veo que no es así. Oh dios ¿todos los demás serán igual? El pequeño Hyuk, Hongbin...- Min Yun se tapó la boca con la mano.

-¡Hongbin! Oh dios, cómo no me he dado cuenta. Ambos teníamos estos poderes Min Yun ¿cómo no pensar en que vosotros también los habíais adquirido?- Razonó Jaehwan indagando con la información que le llenaba la mente, parecía apunto de estallar. Pero de pronto una duda lo hizo preguntarle a Min Yun. -Espera ¿tú también? ¿Tú puedes hacer lo mismo que yo?-

-No, por lo visto cada uno tiene una habilidad. Dios, Jaehwan ¿qué hacemos? He estado huyendo por mucho tiempo y siempre he querido saber el efecto que tendría juntarlos, aún sabiendo la advertencia que el padre de Wonsik nos dio- El muchacho se preguntó lo mismo ¿qué pasaría si los ocho volvieran a estar juntos?

-Min Yun- Ella lo miró esperanzada, si tenía un plan le encantaría seguirlo. -Vamos a buscar a los demás, digamos que no quiero ir a la cárcel por esto- Jaehwan señaló el cuerpo de aquel tipo, inmóvil en el suelo.

-No te preocupes por eso, ellos lo tapan todo. Se encargan de limpiar nuestro rastro. No les conviene que salgamos a la luz, nos quieren ocultos, controlados por ellos como marionetas y hacer los que se les antoje- Aclaró Min Yun registrando la chaqueta del cadáver. Se guardó toda la documentación y entonces fue cuando Ken se dio cuenta de su cojera.

-¿Qué te ha pasado?-

-Gajes del oficio- Sonrió restándole importancia. -Ahora vámonos de aquí-

-Espera Min Yun- Ella se giró hacia él, sin detenerse, con la intención de salir por la puerta trasera del local. -Yo no puedo irme así como así. No sé, y no quiero imaginarme, como haya sido tu vida en estos años pero tengo gente a la que amo y necesito por lo menos despedirme- Ella sintió como si le hubieran apuñalado en el pecho. La triste realidad la azotó condenadamente fuerte y le costó respirar. -Lo entiendes ¿no?- Asintió, derrotada pero asintió.

-Jaja creo que tu cara reflejará tu total alegría, eres siempre tan expresivo Leo- La voz inundó el pasillo paralizando tanto el corazón de Min Yun como el de Jaehwan. Se miraron estupefactos.

Mierda, dos personas. Justo en medio de los dos, saliendo del camerino. Una mirando hacia Min Yun: un chico de pelo naranja y porte desgarbado, típico guitarrista independiente y liberal, agarrando su guitarra sin despegar sus ojos de ella. Y la otra persona estaba en dirección a Ken, la muchacha sólo podía ver su espalda, una espalda extrañamente familiar y acogedora, el perfil la apabulló dejándola sin pensamientos. No quería creer en ello por lo que cerró sus ojos y pidió clemencia a su buena suerte, inexistente, cabía decir. Con la desgracia de que el cuerpo sin vida de aquel individuo se encontraba entre los pies de Ken, avistado tanto por uno como por otro de los recién llegados.

-¡¿Qué demonios?!- Aclamó el segundo de ellos.

Min Yun no se lo pensó dos veces y se abalanzó sobre ellos, sus manos tocaron la de ambos chicos. Sin embargo algo iba mal, algo iba muy muy mal... Su poder no surgía efecto en uno de ellos ¿por qué? Mierda... ¿por qué?



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