martes, 7 de julio de 2015

Ese algo sutilmente obvio

Antes que nada comenzaré con lo que os avisé, en la cabecera de todas las entradas aparecerá esta explicación para quede claro todos los puntos a los que están sometidas las licencias de mis escritos.


Reconocimiento – NoComercial – SinObraDerivada (by-nc-nd):
 No se permite un uso comercial de la obra original ni la generación de obras derivadas.


Como bien expone:



1º No se puede sacar dinero de ella, ya que es mía y hecha sin fines lucrativos. 

2º No se pueden hacer adaptaciones de ningún tipo sin el consentimiento del autor, o sea, yo. Una adaptación es toda aquella que tenga similitudes con la historia original en un 80% o la trama sea la misma. En caso de ambas es directamente un plagio.

3º No se puede compartir la obra o fragmentos de la misma sin los créditos pertinentes, sobretodo sin siquiera avisar al autor.



El contenido de este blog está sujeto a esta licencia. Todas las historias de ficción que aquí muestro son totalmente inventadas por mí -Laura Ramírez Patarro-, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Aclarado esto, la entrada comienza ahora mismo...




La imagen no es mía.
Sólo ha sido levemente editada por mí para albergar el título.

Ese algo sutilmente obvio



A Alma* no le gustaba llegar tarde. Siempre intentaba acudir a sus citas unos minutos antes o, muy raramente, a la hora. Así que se calzó sus Oxford beige de terciopelo y se pasó el asa de su bolso canela por la cabeza, a modo de bandolera –ambos complementos le daban un aire fresco al vestido camisero y en tono nude, que le terminaba justo por encima de las rodillas–; mientras, miraba el reloj en su muñeca. Tenía dos minutos para estar en el lugar de encuentro y llegaba tarde.
Chasqueó la lengua al darse cuenta de que se iba sin echarse perfume y sin el móvil. Era tarde, muy tarde. Y para colmo, estuvo a punto de golpearse con la puerta de la entrada cuando alguien la abrió desde fuera.
–¡Sorpresa!

La abordaron apretujándole en la cara algún tipo de peluche con pelos que se le metieron por la nariz, al punto de hacerla estornudar. Ese era del tamaño de una caja de Mikado pero se sintió ahogada igualmente. Antes de reaccionar impulsivamente y lanzar el dichoso bulto peludo lejos de ella, lo pensó mejor y recordó que era su cumpleaños, por lo que había razón más que suficiente para que su hermana, Vittoria –la que aún le sacudía el osito en la cara–, la atropellara de tal manera. Se alejó lo bastante como para fijarse en lo que era: un osito pardo con manchitas blancas en las patitas y el morro. Adorablemente bonito, pero no lo reconocería.
–Felicidades so tonta –parloteó antes de apartarle el osito y mirar a su hermana mayor–. Oye, vas demasiado mona tú, ¿no?

Que perspicaz les había salido la niña. Alma rodó los ojos mientras aceptaba el regalo en sus manos y cogía las llaves encestándolas directamente en su bolso.
–Gracias so te estrujo un osito en la cara aunque lleves maquillaje, llegues tarde y te jodas porque yo lo digo.
–¡Anda! es verdad, que habías quedado para ir a la feria.
Así es –le confirmó Alma con cierta molestia, lo había avisado el día anterior y al parecer sólo la pared la había escuchado–. Y espero que no me hayas organizado una de tus fiestecitas sorpresa porque me estoy yendo pero ya.

Se echó un último vistazo en el espejo, sin detenerse mucho en los detalles y se dispuso a cruzar la puerta para irse a toda prisa.

–Tranquila, ya sé que no te gustan y me abstengo de hacértelas; aunque nadie me impide ahora irme con mis amigos y brindar porque eres un año más vieja ¿verdad?

Vittoria ironizó adrede para que la mayor se picara y lo consiguió. Alma siempre caía en sus juegos, y después de entrecerrar sus ojos le contestó.

Pues claro. Pero ten cuidado, a los enanos les suele sentar mal mucho alcohol –atacó con su sonrisa ladina, que fue correspondida con un bufido autosuficiente–. Ahora me voy volando.
–¿Para qué correr si ya llegas tarde? Yo no me agobio y cuando me pasa, les digo a mis amigos que lo bueno se hace esperar.
Eso te suele pasar siempre –le recordó Alma–, tonta.
–Pues por eso.
Ambas rieron y Alma volvió a mirar su reloj, aunque en cierto modo tenía razón ¿para qué correr ya?
–Me largo, ¡hasta luego! –gritó la mayor cruzando al fin la puerta, esperando que fuera Vittoria la que la cerrara, y así fue; no sin antes despedirse de ella con un cómico "sayonara, baby" que la hizo reírse mientras corría por el portal hacia la calle.


A este paso llegaría a las tantas y sus amigos se cabrearían, con razón. Aceleró el paso sin correr, porque no deseaba que después de pasarse casi una hora arreglándose para la dichosa salida, se echara todo a perder. No era de prepararse mucho, sólo en ocasiones especiales como esta, le dedicaba un poquito de tiempo a su apariencia. La verdad es que solía verse guapa aunque no se retocara mucho, y siempre lo decía: el cuerpo es un mero recipiente. Mientras que esté sano, limpio y libre de cargas internamente, su exterior se verá bello. Sin embargo, escogía siempre looks bastante naturales y veraniegos, muy cómodos. Tal y como era ella.
Torció en una esquina y pudo ver el parque donde había quedado con sus amigos. Luchaba por calmar su respiración mientras se acercaba a ellos antes de que se percataran de su presencia. El primero en hacerlo fue él. Leonardo.
–¡Alma –vociferó yendo hasta ella casi corriendo. Ella alzó tímidamente su mano para saludarlo–, al fin llegas!
Hasta desde lejos era llamativo. Larguirucho y delgado, pero con una constitución bastante proporcionada. Sabía que debajo de aquella camisa de cuello árabe y la rebeca desabotonada que acostumbraba a arremangar hasta los codos, escondía un busto definido. Sus largas piernas iban enfundadas en unos pantalones skinny de mezclilla, con un tono canela como el bolso de ella –qué casualidad–, que siempre los llevaba sutilmente doblados hacia arriba en los tobillos para que sus vans clásicas lucieran más.
Desprendía un aura bastante infantil allá donde fuera pero su forma de vestir solía darle la madurez que le completaba el look.
Mientras se acercaba, la sonrisa de Alma se agrandó hasta el punto de que sus marcados pómulos se volvieron aún más prominentes y un tono levemente rosado comenzaba a florecer en ellos. A él parecía ocurrirle lo mismo al curvar sus labios hacia arriba, dándole una grata bienvenida a la recién llegada. La muchacha se dio cuenta entonces que Leo se escondía algo detrás suyo, logró distinguir una bonita bolsa con dibujos vintage y sonrió más internamente.

Ahí volvió a mirarle a los ojos esperando que conservara su mueca, sin embargo, vio que aquellos orbes habían bajado con pesadez y sus labios formaban una triste línea recta. Un halo de decepción la inundó cuando lo vio parar en seco y retroceder sin llegar, como habría querido, hasta ella. Se le formó un nudo en el estómago que comenzaba a molestarle amargamente y bajó su mano desolada.
¿Qué le habría hecho reaccionar así de un momento a otro?
Jamás habría imaginado que el alegre Leo le hiciera aquel feo. Suspiró tratando de pasar por alto el desaire e intentó disimular su pequeña frustración. Por un instante pensó que aquel regalo dentro de la dulce bolsa iba destinado a ella. Que tonta.
Ciao, Alma –le saludó felizmente Fiorella.
Salió de su ensimismamiento y tragó fuertemente antes de desviar la mirada hacia ella y Flavio, los otros dos que la esperaban. Eran poquitos en la pandilla y no les hacía falta ningún otro integrante, aunque Leo apareciera unos meses atrás y los cautivara a todos con su energía. Era un chico honesto, leal y bastante divertido, aportando aún más naturalidad al grupo. Nunca había dado signos de intenciones ocultas ni doble cara y eso les fascinó, sobretodo a Alma, que quedó prendada de su esencia. En aquellos meses pudo comprender lo que suponía Leo para ella e intentaba que, poco a poco, este se diera cuenta. Al parecer sólo la pareja, formada por Fiorella y Flavio, se había percatado.
Alma conoció a estos dos cuando ya eran novios. Desde que comenzó a salir con ellos y unos cuantos chicos más –que por riñas y malentendidos se alejaron–, sabía que lo suyo era puro amor. Incluso en ese mismo instante se le acercaban con sus manos unidas dulcemente, como si se les fuera la vida en ello.
Fiorella notó enseguida la apatía que desprendía Alma pero no quiso ponerla en evidencia delante de los chicos, sólo fue hacia ella y pasó su brazo por el de su amiga apretujándose en el costado como señal de apoyo.
–Qué mono, ¿quién te lo ha regalado?
Alma no contestó. Justo en ese momento se dio cuenta de que entre sus manos traía el osito que le había regalado su hermana en vez de dejarlo en casa, y se sintió tonta, ya por segunda vez en el mismo día. Era pequeño y aún así supo que no cabría en su bolso. No podía creer que le tocara estar toda la noche con el peluche en la mano como una cría. Bufó desganada, no estaba siendo un buen día. Y no sabía por dónde empezar para contárselo a su amiga.
–¿Venías de una cita más importante? –les interrumpió Flavio, insinuando algo que a Alma no le gustó en absoluto–. Es demasiado extraño que la puntual Alma llegue tarde.
Quiso contestarle que no era así, que había comenzado el día con mal pie, pero su mirada chocó con la de Leo y le quemó todo pensamiento. El muchacho se había girado hacia ellos con cierta rigidez en su postura, como si fuera a saltar en cualquier momento y todo le molestara a su alrededor.
Venga, dejad de hablar de líos amorosos que se nos va el autobús –espetó volviéndose hacia delante, no sin antes echarle un ojo al pequeño peluche, fruncir el ceño y bajar la mirada. Algo que no pasó por alto Fiorella, la que entendió en ese momento lo que le sucedía a su amigo–. Y llegaremos tarde...
Alma no podía más. No aguantaba más la agonía de no saber lo que le pasaba al más alto de los cuatro. Casi corrió para adelantarse y parar justo en frente del causante de su frustración momentánea y la opresión en su pecho. Odiaba la sensación de ser ignorada cuando no había cometido ningún error y eso era, según ella, lo que estaba haciendo Leo.
Le debía una explicación. Se suponía que eran amigos y ¿algo más? Al menos eso creía. Era bastante obvio lo que llegaron a tener, aunque ninguno se atreviera aún a dar el siguiente paso. Por una cosa u otra siempre se quedaban en medias sonrisas y algún que otro beso en la mejilla más largo que el anterior, pero no más allá. La tensión era palpable entre los dos, tanto para bien como, al igual que en esta ocasión, para mal.
–¡¿Qué demonios te pasa, Leonardo?! –terminó por gritarle.
Wow, que irascible de repente –se quejó Flavio–, ¿qué bicho os ha picado hoy? –pasó su mirada de Leo a Alma mientras se interponía entre ellos con Fiorella, aunque dudaban que aquello pasara a mayores–. Una llegando insólitamente tarde, el otro con un humor de perros, ambos con ganas de tirarse de los pelos... Estáis jodiendo el ambiente, pequeños padawan.
–Flavio, dejémoslo en un mal día –le sugirió Fiorella, más que nada para desviar el tema–. Y Leo tiene razón, llegaremos tarde a la feria y sabéis cómo se pone aquello a las tantas.
Todo quedó en nada. Leonardo fue el primero en retomar el paso sin mirar atrás. Y Alma se sintió otra vez frustrada ¿qué estaba pasando con el chico que sacaba una sonrisa hasta a las piedras? Verdaderamente lo sentía, porque le gustaba, y mucho, y se estaba comportando como un verdadero gilipollas.


Ya en la parada del autobús –donde Fiorella y Alma se habían sentado, y Flavio había escogido esperar de pie con Leo–, el ambiente se había relajado bastante. A pesar de que Leo seguía sin mediar palabra y Alma se había cansado de buscarlo con la mirada para ver si descubría lo que le había llevado a comportarse así, ya no se notaba la tensión anterior a punto de estallar como hacía unos minutos.
Ragazza... –le susurró Fiorella en su oído.
–¿Qué pasa, bambina?
–Creo saber lo que está pasando aquí –divagó.
–Ah, ¿sí? –preguntó Alma con fingido interés, exagerando su pregunta para que lo notara su amiga–. Es un idiota, eso es lo que he sacado yo en conclusión.
Anda, tonta –dijo Fiorella, golpeando con su hombro el de la otra–; déjame que te diga y verás que es un malentendido bastante tonto, más que vosotros dos, que ya es decir.
Él es el tonto, no yo –soltó Alma a la defensiva.
Ajá –ignoró lo último enfatizando su interjección y continuó con su propósito porque sabía que cuando lo escuchara se le iba a desinflar todo enfado–. Se piensa que ese peluche te lo ha regalado un chico. Y lo que tiene, además de celos, es que en esa bolsita que ha traído tan mona lleva un peluche exactamente igual que el que te ha regalado tu hermana. Amiga, cree que estás interesada en otro y está frustrado porque en ese caso ya no podría estar contigo de la manera en que él quiere. Tendría que tragarse sus sentimientos por la chica que lo tiene locamente enamorado. Alma, esa chica eres tú, que no te enteras.
No puede ser...
Todo en Alma se relajó. Claro, por eso Leo no paraba de mirar tan tristemente el osito en sus manos. La revelación la hizo sentirse la más estúpida del universo, ¿cómo no se había dado cuenta? La frustración del chico al tener un regalo que no iba a ser lo especial que esperaba. Pero lo que este no predecía es que el simple hecho de que considerara tal regalo algo tan especial, para Alma lo hacía algo aún más significativo.
–prosiguió Fiorella–, así que ya estás solucionando esto y frenando con el tira y afloja de una vez, que este ambiente da asco.
–¿Cómo sabes que nosotros...?
Oh, vamos. Todo el mundo lo sabe menos vosotros –dijo rodando los ojos–. Anda, da el paso. Deja claro que estamos en el siglo XXI e invítalo a salir de una santa vez.
Alma tragó saliva, Fiorella tenía razón.
Maldita sea, lo que pasaba ahora es que no tenía ni la menor idea de cómo ir hasta él y aclarar el malentendido sin quedar con el culo al aire y sin que se enfrascaran en una conversación donde se avergonzaran mutuamente.

Se giró hacia Leo –el que ahora estaba apoyado en la superficie vertical de la parada– y lo descubrió mirándola, enseguida apartó la mirada. Pero ella sonrió sabiendo que sólo estaba triste y confundido por algo que ni era cierto y que, seguramente, se sentía bastante estúpido al comprarle justo el mismo peluche que el que le había regalado su supuesto admirador. Se sonrojaba nada más de pensarlo, que tierno...
Se le encendió la bombilla. El móvil.
Por supuesto, un mensaje en KakaoTalk podría tornar la situación a su favor y hacer sonreír a Leonardo. Porque amaba verlo así, sonriendo. Sacó su Smartphone y abrió la App. Después de escribir el mensaje, y antes de enviarlo, volvió a mirar a Leo. Este estaba mirando en su dirección, justo al móvil, y con una mueca totalmente fruncida. Sonrió ahora que sabía a qué era debida mientras apretaba el botoncito de enviar sin dejar que sus labios cedieran a su nerviosismo y comenzaran a temblar.

La voz de Obama diciendo KakaoTalk resonó en la zona –cosa que los hacía reír cada vez que ocurría– y Leo sacó su móvil del bolsillo para ver con desgana la notificación.

De Alma:
El peluche me lo ha regalado mi hermana, pero le diré que ha conseguido un gemelo superadorable por parte de una persona muy especial para mí.
PD: Los sentaré juntitos en la cama, para que se den calorcito.
Atte: una admiradora.

Leo sonrió. Él sonreía. Y la miró intensamente mientras lo hacía.
Alma bajó su mirada cuando se vio cohibida por lo que significaba aquello y cerró sus labios para morderlos internamente. Le sudaban las manos y sentía que temblaba levemente. No vio como el chico se sobaba la nuca aliviado y susurrándose un "tonto".

Entonces Flavio anunció que el autobús se acercaba y ella se levantó junto con Fiorella. No pudo imaginar que, justo antes de que el transporte se les parara en frente, alguien dibujara con los dedos todo el largo de su antebrazo con total parsimonia. Cerró los ojos intentando maximizar las sensaciones que le provocaba. Le surgió un hormigueo en los dedos de los pies seguido de un estremecimiento hasta en la mínima parte de su cuerpo. Al sentir que esos mismos dedos terminaban por entrelazarse con los suyos delicadamente, casi con desasosiego, tuvo que reprimir un gemido. Abrió los ojos en dirección al dueño de aquella mano que sostenía la suya.
–Siento haberme comportado así –le susurró sinceramente Leo.
–Yo también, no sabía lo que...
No terminó lo que iba a decir, lo miró y se sintió atraída por sus labios.
Te quiero, Alma.
Después de decir aquello apretó su mano levemente, intentando transmitirle todo lo que esas dos palabras significaban para él.

Sin embargo, Alma ya lo sabía.
Porque ella sentía lo mismo.
Fine


*Los nombres aquí mencionados se pronuncian en Italiano porque todos los hechos de este relato han transcurrido en Roma, así como sus protagonistas, que también son originarios de ahí.



Ese algo sutilmente obvio por Laura Ramírez Patarro se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.