lunes, 29 de octubre de 2012

Elemental V

Pues aquí está el quinto capítulo de esta historia que espero que estéis disfrutando... No digo nada más y os dejo con esta parte. Muchos besos!!!


Capítulo 4: El Pópulus


Capítulo 5: Un descanso


Ya podían sentir la brisa que provenía del puerto de Cátathor, algo tremendamente gratificante ya que esos días atrás habían sufrido temperaturas altísimas, el este se caracterizaba por ellas. Por fin llegaban a un lugar habitable, era una pequeña aldea jovial y por lo que se podía oír, muy viva. Sus calles estaban llenas de gente y muchos comerciantes tenían puestos improvisados a ambos lados, gritaban reclamando la atención de los viajeros. Lynx y Aldahir se miraron, sonriendo al ver tan buen ambiente después de un viaje tan largo. Mientras Aldahir paró en uno de los puestos, uno de los vendedores se acercó a Lynx:

-Joven, mira que buen tejido, la mejor calidad- Traía en sus manos piel de Calazer, se distinguía perfectamente por su lisa y suave textura a la vista, su tacto helado y su tono anaranjado. Los Calazer eran animales que vivían plácidamente en las tierras del este, su piel les proporcionaba el frío para evadir las altas temperaturas. A simple vista parecían mamíferos pero provenían de las antiguas aves, sin tener el don de volar. Podían llegar a medir los dos metros sobre sus dos patas y muy agresivos, algo peligroso era cazarlos ya que eran bastante territoriales. Aunque eran vegetarianos atacaban a cualquiera que los amenazara. Lo que la gente codiciaba era su piel y muchos se aventuraban a matar a estos animales. Ese tejido era bastante caro pero duraba toda la vida ya que su flexibilidad, su falta de desgaste y su capacidad para refrescar el cuerpo de quien lo lucía, lo hacían el atuendo esencial en los territorios del este. -Tócalo es de primera, este Calazer fue cazado por mi en las llanuras Parazeas. Mira su textura, podrás deducir que no miento...- Le ofreció tocar la piel a Lynx y esta con una sonrisa aceptó. Realmente era delicada al tacto...

-No le creas nada jovencita, este es un trolero, sus mentiras son famosas en todo el reino. ¡Solo hay que mirarlo para saber que no duraría ni una hora en las llanuras Parazeas!-Lynx giró su rostro hacia donde provenía la voz. Era otro comerciante un poco más joven que el anterior, se acercaba a ellos con decisión y frunciendo el entrecejo. Lynx ahora se encontraba entre ambos individuos. Estos estaban desafiándose con la mirada.

-¡Mentiras las tuyas! ¡Siempre me quieres quitar a mis clientes, simplemente tienes envidia de que yo sea el mejor cazador de este reino!- Estaban acercándose cada vez más, Lynx temía que llegaran a las manos así que no se movió del medio por sí tenía que separarlos evitando una pelea.

-¡Eso no te lo crees ni tu! ¡Solo eres un mindundi que se cree cazador!- Para su sorpresa Lynx notó como alguien tiraba de ella hacia un lado, ninguno de los dos se dio cuenta de esto ya que seguían discutiendo. La joven giró hacia la persona que la separó de ambos comerciantes, por un momento pensó que era Aldahir pero no. Era una mujer ya anciana, por su atuendo podía deducir que también se trataba de una vendedora...

-Hija, ni caso a esos dos. Llevo la mitad de mi vida aquí y siempre han sido así- Lynx giró hacia ellos, aún le preocupaba que la situación empeorara pero la voz de la mujer la volvió a distraer. -No te preocupes, perros ladradores nunca muerden, jamás llegarán a las manos. Los muy cobardes- La mujer soltó una risita que hizo que Lynx se tranquilizara y sonriera. La señora la ofreció asiento en una caja de madera al lado de la mesa donde tenia todos sus enseres, se sentó sin replicar ya que estaba cansada. -Toma jovencita esto te hará bien, después de un largo viaje este jugo te revitalizará- La anciana hablaba mientras con un cucharón llenaba un cuenco con una especie de sopa de un tono rojizo. Lynx miró con recelo cuando le ofreció aquél tazón. -¡Ah! ¡Tranquila, no te cobraré por esto, bébelo con total confianza!

-Gracias, pero no es eso señora. Solo quiero saber de que se trata este jugo- Aclaró la joven, con una mueca afable. -Lo siento si la ofendí

-¡Para nada muchacha! Es lógico que preguntes, los viajeros sois muy observadores, estoy acostumbrada- La mujer lucía una sonrisa bastante amplia y esto impulsó a que Lynx la imitara. -Es jugo de Quireva, tiene propiedades relajantes y estimula la mente. Notarás como tus músculos se calman y tu cabeza se aclara- Seguido de esto hizo un gesto con su mano, indicando que bebiera tranquilamente. La joven reconoció por fin de que jugo se trataba y lo ingirió plácidamente. Delicioso, realmente no había probado otro liquido tan exquisito como ese. La mujer tenía experiencia, por lo visto conocer gente de todo el mundo la hacía preparar cosas de sabores maravillosos para cualquier paladar. La respuesta al ver que la muchacha no dejó ni una gota fue un aplauso de la anciana felicitándose a ella misma. Lynx se limitó a sonreír ante tal acción. -¡Nadie se resiste a mi jugo de Quireva! ¡Es el mejor del mundo!- Lucía feliz cuando volvió a echar más jugo al cuenco que sostenía la muchacha.

-No señora, estaba delicioso pero tengo que irme ya- Se levantó dispuesta a salir del puesto pero la mujer consiguió echar mas líquido al vaso.

-Anda toma más, no seas tonta- Resignada Lynx hizo el amago de volver a beber de él, pero de repente unas manos le arrebataron el bol.

-¡Esto es para mi!- Gritó Aldahir bebiendo como un poseso del recipiente. -¡Ahhh! ¡Delicioso!- Al girar su mirada vio la de Lynx, un escalofrió recorrió su cuerpo. Si no fuera porque era solo una mirada estaría muerto, fulminado. Sonrió torpemente en forma de disculpa. -¡Perdoname Lynx vi que lo bebías con resignación y pensé en ayudarte a terminarlo je je!- La joven se giró con indiferencia, mostrando que no le importaba ya algo tan insignificante.

-¡No peléis, hay para los dos!- Aldahir a escuchar esto se dispuso a ofrecer el cuenco para que la mujer vertiera más jugo pero al volver la mirada hacia Lynx entendió que debían irse, además de que su acompañante mostraba un enfado evidente.

-Oh, perdone señora pero debemos irnos. ¡De verdad, su jugo de Quireva es el mejor!- Ofreció el cuenco a la mujer y se apresuró a ir al lado de la joven que ya avanzaba por la larga calle. -Lynx perdoname.. Anda- Su mano daba tirones suaves en la manga de la camisa de Lynx.

-Anda vamos- Su rostro lució una pequeña sonrisa que no quería mostrar al joven, así que se adelantó con paso ligero para evitar su mirada. Pero él sabía perfectamente que le sacó esa sonrisa por lo que la imitó y se dirigió hacia ella hasta que la alcanzó, ahora andaba al frente justo a ella.

Llegaron a una posada, escucharon por los alrededores que era la mejor en muchos kilómetros a la redonda, así que estaban decididos a entrar cuando Lynx paró en seco. Aldahir al ver que no seguía a su lado retrocedió hacia ella.

-Lynx ¿Qué pasa? Tenemos que...- La mirada de la joven indicaba que guardara silencio, algo no iba bien, así que se acercó más a ella.

-Haz como si te hubieras perdido- Le susurró sin siquiera mover los labios. Aldahir captó enseguida la idea, alguien los estaba siguiendo. Por sí solo jamás habría averiguado tal cosa, pero si Lynx insinuaba que los perseguían es porque así era. Actuó naturalmente.

-¡Ah! ¡Es más al norte Lynx, me he desorientado!- Dicho esto la joven se limitó a asentir y seguir a su compañero. Entraron en una calle abarrotada de gente, casi no se podía andar con normalidad sin chocar con alguien más. La joven vio la oportunidad y se lo indicó a Aldahir. Debían correr... Segundos después podía verse como, a toda velocidad, ambos sorteaban todo lo que se cruzara por delante, desde personas hasta carros con mercancías. La gente asustada caía y se balanceaba de un lado a otro por esquivar a aquellos individuos embravecidos de repente. Lynx giró su rostro un par de veces, la figura de la que huían cada vez estaba más lejos, pudo ver como una de las veces tropezó con un carromato cayendo al suelo junto con todo su contenido. Ahora o nunca pensó. Tiró fuertemente del chaleco de Aldahir y lo llevó a una bocacalle. Corrieron por un par de manzanas más cuando decidieron detenerse, por fin lo habían perdido.

-Mierda Lynx ¿Desde cuando nos seguía?- Preguntó entrecortado por culpa de la falta de oxigeno, apoyaba sus manos en la parte superior de sus rodillas para recuperar el aliento.

-¿Recuerdas cuando me arrebataste el cuenco de jugo de Quireva?- También ofrecía cansancio en su voz pero se compuso rápidamente.

-Si, me fulminaste con la mirada- Dejó caer su enojo al recordarlo.

-No te miraba a ti, justo me di cuenta de que una persona estaba escondida en el anterior puesto al de la señora, solo disimule ya que estabas justo en medio de mi campo de visión. No estaba segura en ese momento pero lo he confirmado cuando al llegar a la posada el tipo a tropezado con alguien y se ha disculpado. Era el mismo que estaba escondido en aquel puesto- Aclaró, totalmente descansada, Lynx.

-¡Ja! Y yo pensando cosas raras... Menos mal que lo hemos despistado. Ahora si podemos ir a aquella posada ¿Verdad? Me muero de hambre...- Expresó tocándose el vientre. Lynx simplemente sonrió.

Ya estaban dentro de la taberna, se sentaron en dos banquetas en frente de la barra. La mujer que rentaba el lugar los atendió y les aseguró tener una habitación para ellos.

-Es verdad lo que se dice de este sitio, pacífico y hogareño. Como a mi me gusta- Expresó Aldahir tomando cerveza de uno de los enormes vasos de cerámica, que la mujer les brindó segundos antes.

-Es cierto, un poco de tranquilidad nos irá bien para continuar- El tono de Lynx siempre era serio y contundente, era raro ver ese tono jovial con el que había respondido a su compañero.

-Veo que estás de buen humor, me alegro- Confesó Aldahir con una sonrisa burlona correspondida por una mirada ofensiva de la muchacha, ya estaba acostumbrado a ese tipo de aptitud, así que simplemente ignoró ese hecho.

Entraron varias personas después que ellos pero la gente no prestaba atención ya que la mayoría comía como si fuera su ultimo día de vida. Lynx pudo observar como uno de los que entró en la estancia lo hacía con brusquedad, quizás venía de una pelea acalorada ya que tenía rasguños en su rostro y la túnica desgarrada por varios sitios.

-¡Sírveme algo que sea fuerte, muy fuerte!¡Malditos soldados, son unos ineptos, todos, todos ellos!- Espetó gritando el individuo que ahora retiraba su capucha descubriéndose el rostro.

-¿Qué pasa ahora Morthar?- La dueña de la taberna preguntaba mientras llenaba una gran jarra con un líquido anaranjado.

-Los muy estúpidos dicen que desaparecieron en sus narices... ¡Ja! Como si los humanos tuvieran poderes... ¡Menuda escusa barata! ¡Deben admitir que los perdieron, parecen novatos, novatos todos!- Se desahogó tomando, bruscamente, la jarra que le ofrecía mujer. Los presentes observaron curiosos la escena. Lynx y Aldahir no podían creer lo que estaban escuchando ¿Humanos? ¿Fuera del eras? Se miraron, fugazmente, estupefactos pero decidieron seguir escuchando...

-Morthar debes tranquilizate, esto no te ayudará en nada. Nosotros también estábamos bastante asustados ese día, no me explico como llegaron aquí ¿Será una táctica para la inminente guerra? Quizás los humanos tramen algo...- La mesera parecía realmente preocupada cuando reveló como se sentía, pero no dejaba de echar comida en un cuenco.

-Puede ser, debemos estar atentos y encontrarlos a como dé lugar. Cuando los atrapemos confesarán todo lo que traman...

-Será difícil, Morthar, ya que aquel humano era un gran guerrero, todos vimos como tumbó a varios de los tuyos en menos de un minuto- Ahora la mujer se encontraba fuera de la barra sirviendo algún que otro plato repleto de comida.

-¡Ineptos, los míos son todos unos ineptos! Si yo hubiera estado aquí ese maldito humano no sale vivo, os lo aseguro- Estaba de pie dándose golpes en el pecho como si quisiera mostrar al mundo su poder. Los comensales dejaron de comer y miraron al hombre ahora parado mirándolos a todos. -Si alguien ve algo raro no dudéis en decírmelo, tenemos que estar preparados para todo. Siempre nos tachan de débiles y tontos pero esta vez no nos dejaremos, esta vez lucharemos ¡Por Cátathor!- Alzó su puño hacia arriba.

-¡Por Cátathor!- Todos los presentes alzaron sus copas imitando a Morthar y gritaron al unisono. Lynx y Aldahir también pero con menos ímpetu que los demás.

-¿Qué demonios estará pasando Lynx?- Susurró el joven.

-No lo sé pero si es algo importante lo sabremos pronto. Lo increíble es que han hablado de humanos ¿Humanos aquí? ¿Fuera del Eras? Es tan insólito...- La joven dio su primer trago del vaso de cerveza, ya casi olvidado, frente a ella.

-Es cierto... Y yo que pensé que este lugar iba a ser tranquilo. Me he equivocado...

Ya estaban en la habitación, había dos camas. Aldahir no pronunció palabra y se tiró literalmente encima de una de ellas. Lynx sin embargo se sentó en el sillón que daba a la ventana mirando el paisaje de fuera. ¿Qué había sido eso? Aún no podía creerlo... Su mente se trasladó dos años antes...
Aquella persona le suplicó que no lo hiciera pero... ¿Podía ser la oportunidad que estaban buscando para volver? Debía volver... Aunque sabía que podía ser el fin de todo, debía volver...



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lunes, 22 de octubre de 2012

Lynx & Aldahir

Aquí os presento a dos de los protagonistas de la historia Elemental, Lynx y Aldahir. Como podéis ver, están dibujados en photoshop cs5, con la herramienta pluma. Previamente dibujé un boceto para luego aplicar la pluma, dejando un dibujo lineal. Si veo que os gusta seguiré dibujando a todos los personajes principales de la historia. Cuando los haya presentado todos me pondré expresamente a aplicarles color y perfeccionarlos. Por favor, os pido vuestra más sincera opinión, comentad y evaluar mis dibujos. Por supuesto criticas constructivas ya que todo comentario ofensivo lo borraré. Espero que os guste, os dejo con estos dos xD.


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Lynx&Aldahir by Laura Ramírez Patarro is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Creado a partir de la obra en http://el-mundo-de-lauralrp.blogspot.com.es/.
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miércoles, 17 de octubre de 2012

Los personajes de Elemental

Buenos chicos ya que todos los personajes están presentados, os aviso que esta semana subiré un boceto de los dos primeros protagonistas. Lynx y Aldahir, si os gustan y veo que quereis que siga con la historia y dibujando a sus personajes, comentadme. Así subiré una semana el siguiente capitulo y a la otra siguiente un boceto de dos de sus personajes principales. Por supuesto si os gustan esos bocetos los completaré dándoles color y realismo dibujándolos completos en photoshop. Por favor comentad ¿Qué os parece la idea?

lunes, 15 de octubre de 2012

Elemental IV

La quinta parte de esta historia ya está aquí, espero que os esté gustando... Vuestros comentarios me ayudan a seguir así que "porfa", comentad que os parece, dudas y preguntas que queráis hacerme. Bueno os dejo con la historia.


Capítulo 3: Alianzas


Capítulo 4: El Populus


Hacía años que los Praesidios ya no eran humanos, eran criaturas mezcla de hombres y cibors. Diseñados ahora para eliminar cualquier amenaza y vigilar la frontera, tanto por dentro como por fuera. Habían olvidado hace mucho tiempo que eran seres humanos y se limitaban a detectar anomalías dentro y fuera del Eras, eliminándolas. En el Succum se separaba del Populus por decenas de puestos militares, que impedían el acceso sin una justificación razonable. Entre la frontera y el Succum, los Praesidios mantenían controlados a los habitantes del Populus, pero hacía mucho tiempo que este se había descontrolado, la gente vivía en ínfimas condiciones y organizaban numerosas protestas contra las fuerzas militares, en las que se cobraban numerosas vidas. Ahora los Praesidios se dedicaban a patrullar sus calles, solo cuando debían eliminar algún que otro rebelde amotinado o a alguien que alzaba la voz contra ellos.
El Populus era como la carretera, deteriorada y descuidada, entre dos aceras perfectamente modernizadas, con lo último en tecnología y protección militar. La gente de esa “carretera” miraba las altas torres del Succum con resentimiento, los habían abandonado, al igual que hace milenios a los que se quedaron fuera de Eras. En el fondo sabían que anhelaban vivir en una de esas torres pero su odio hacia ellos había superado ese deseo por el de intentar terminar con la situación esclavista en la que vivían. Trabajaban en su mayoría construyendo mecanismos que abastecían a todo el Succum. Cuando se producía una revuelta los Praesidios, sin piedad, eliminaban a las familias de todo aquel que se atreviera a continuar rebelándose. Obligándolos a esclavizarse voluntariamente para salvar a sus familias.
Algo sumamente extraño, era el poco interés en tener registros de identidad de los que habitaban el suelo del Eras, no había nada que los identificara entre ellos. Los trataban como ganado. Lo que diferenciaba a un ciudadano del Populus de uno de Succum, era una pequeña marca de fuego en la muñeca, algo degradante y obligatorio que se le hacía a un niño cuando nacía en el Populus, grabar su pequeña extremidad con un hierro ardiendo, esa marca era llamada “Hatalon”. Ese era el estigma que identificaba a la clase trabajadora e insignificante del Eras.

Los Praesidios la estaban alcanzando, debía encontrar un escondite antes de que dieran con ella. La joven corría con todo su ímpetu hacía el centro de la zona C, del este del Populus, donde los más pobres sobrevivían. Las casas no eran tales, muchas consistían en muros de barro y paja con poco más de cinco metros cuadrados cada una. Los ataques desmesurados de aquellos seres, a veces dejaban sin hogar a muchos de ellos y no tenían más remedio que vagar por aquellas estrechas calles. La muchacha lucía una capa que tapaba desde la cabeza hasta poco más abajo de las rodillas, se veía perfectamente su calzado, unas botas totalmente desgastadas color negro. Ahora manchadas de barro, estaba lloviendo lo que le hacía aún más difícil huir, ya que casi todas las calles del Populus estaban pavimentadas de arena. Medían unos dos metros y un paso suyo eran tres de la joven. Miraba hacía atrás con la esperanza de ver ampliada la distancia entre ellos, no fue así, estaban cada vez más cerca. Podía ver sus grandes cuerpos cubiertos por ese metal grisáceo, parecía liviano y a la vez resistente contra cualquier ataque. Si eran algo humanos, ella no podía identificar esa parte de ellos, solo observaba tres criaturas mecanizadas sin ningún rasgo de vida natural. Sus cascos estaban totalmente hermetizados y solo una visera negra, que les ocupaba la mayor parte del rostro se distinguía entre tanto metal plomizo.

Ya los tenía encima, aceleró con sus últimos esfuerzos pero no se esperaba que tres más de ellos estuvieran al final de la calle donde se dirigía. Su cuerpo paró en seco algo que con el resbaladizo barro la hizo caerse de espaldas al suelo. Estaba perdida y encima creía tener el tobillo roto por la caída. A ambos lados de la calle los Praesidios se le acercaban, sabían que la tenían acorralada.
Mientras intentaba levantarse, había una bocacalle a unos metros de ella, si tan solo pudiera avanzar unos metros tendría una mínima posibilidad de volver a despistarlos. El dolor era insoportable y ellos ya estaban muy cerca, era el fin.

De pronto alguien la cogió en brazos tan rápido que ni los Praesidios pudieron actuar, la llevaba tan livianamente que le pareció estar volando. No se fijó en su cara hasta segundos después, cuando ya estaban escondidos en un callejón. El individuo ahora la miró fijamente.

-¿Estás bien?- Aún la tenía en brazos cuando lo preguntó. Sus ojos gris platino reflejaban preocupación por la joven que ahora estaba un poco aturdida.

-Sí, estoy bien. ¿Y tú quien...?- Al mirarle a los ojos lo reconoció. Esos ojos podía reconocerlos en cualquier parte. Ahora llevaba una capucha pero su rostro bajo ella estaba descubierto, aún con la poca luz que el cielo ofrecía y a pesar de la lluvia, ella averiguó de quien se trataba. -¡Demonios! Qué susto me has dado- Él le ofreció una sonrisa y con sumo cuidado la dejó que se pusiera de pie por sí sola. Esta lo intentó pero el dolor del tobillo no la dejaba apoyar su pie derecho. -¡Ah! Creo que está roto- La joven se quejó, agarrándose del brazo izquierdo del joven, se inclinó para verse el tobillo totalmente hinchado y con alguna que otra herida ensangrentada por el golpe brusco.

-No nos siguen ya ¿Quieres que te lleve hasta casa?- Sugirió el joven, dejando que la muchacha se equilibrara agarrada de su brazo. Su mano libre la puso en el hombro izquierdo de ella para que no perdiera su balance.

-No hace falta, sabes que no voy a durar mucho herida, Lagnak- La joven le sonrió antes de volver a observar su tobillo. Su mano aún estaba masajeando el dolorido pie cuando de esta salió lo que parecía una luz blanquecina casi imperceptible. Aún con resto de barro en la zona, podía verse como en segundos, lo que era un tobillo roto y raspado se volvía en algo totalmente sano y recuperado. Ya no quedaba ni un pequeño rasguño, solo el barro espeso en sus piernas y ropa.

-A veces se me olvida que eres una enfermería andante, Lariko- Se burló Lagnak mientras veía como la joven probaba, con éxito, a apoyar el pie. Ahora ya podía mantenerse erguida, así que se soltó del brazo que la sostenía.

-Anda y vayámonos, esos pueden encontrarnos en cualquier momento si nos despistamos. Uy, espera, a mi también se me olvida que eres el chico sabelotodo. Sabrías si nos estuvieran persiguiendo ¿Verdad?- Replicó complacida Lariko. El joven simplemente sonrió a la respuesta de la muchacha y apartó su mano del hombro de la joven.

Ya estaban frente al hogar que los había protegido por todos estos meses. Mirando hacia ambos lados de la estrecha calle Lariko introdujo una llave desgastada en la cerradura y poco a poco la abrió. Ambos al entrar y cerrar la puerta suspiraron, ya podrían relajarse, estaban en casa. Consistía en una estancia pequeña dos camas a la derecha y una mesa, con tres sillas alrededor, en el centro. La habitación estaba iluminada por la luz de la leña quemándose en una pequeña chimenea en la izquierda. Lagnak comenzó a quitarse la capa mojada que llevaba. Era un hombre de casi unos dos metros, algo bastante raro en el Eras pero bastante común entre los Essens. Efectivamente era un Essens, al descubrir su cabeza podía verse su melena grisácea atada en la parte posterior de su cabeza. Mechones largos caían por los dos lados de su rostro, ahora mojado por la lluvia, sus ojos plateados lucían vivos algo que encajaba perfectamente en su conjunto. Era descaradamente guapo y no trataba de ocultarlo. Su sonrisa al ver a la joven tropezarse, torpemente, con sus botas llenas de barro, le añadía un irresistible atractivo.

-¿Te ríes?- La muchacha se quitó una de sus botas y rápidamente la tiró al rostro del hombre que se reía plácidamente. Ella sabía de ante mano que el tipo iba a esquivarla fácilmente pero su rabia la obligó a hacerlo. Segundos después estaba quitándose la capa empapada en agua, mientras Lagnak, ya sentado en una de las silla, se frotaba el pelo con un trapo seco que cogió, del improvisado tendedero, enfrente de la chimenea. Ella era bastante baja y menuda, no llegaba al metro ochenta. La camiseta y el pantalón ajustado que vestía, hacía fácil ver su figura. Aún delgada, como lucía la mayoría de Essens, estaba demasiado para tener un peso normal. Algo que permitió minutos antes, a Lagnak, cargarla sin ningún tipo de esfuerzo.
Su melena ahora suelta y arremolinada, también era bastante clara, pero a diferencia de él, ella tenía un blanco glaciar que deslumbraba entre la penumbra que ahora imperaba en el sitio. Sus ojos azules le daba una mirada liviana y a la vez risueña. Tenia rostro de niña, lo que le hacía difícil al joven Lagnak no tratarla como tal. Quizás porque era unos cuantos años mayor que ella o por su aspecto angelical lo que le hacía querer protegerla. Aunque en varias ocasiones había demostrado que podía valerse por si misma, él siempre estaba pendiente de ella, por si la cosa se torcía como la última vez.

-¿Qué demonios hacías en la zona D? Y no me digas que no, porque lo sé perfectamente- Ahora la miraba impacientemente.

-Si lo sabes ¿Para que preguntas?- Respondió con desdén pasando por delante de él en busca de algo de agua para limpiarse el barro que manchaba casi todo su pantalón.

-¡Lariko!- El hombre ahora estaba de pie con su entrecejo fruncido.

-Tu poder a veces me decepciona ¿Sabes?- Se giró la joven desafiante.

-Sabes perfectamente que no tengo forma de controlarlo, algunas veces deberías comprender su magnitud- Lagnak bajo su tono a uno más sereno, se notaba la tristeza en sus palabras. La joven captó la actitud del hombre y inmediatamente se arrepintió de lo que había dicho.

-La zona D está siendo redada, uno de los puestos de mando ha sido saqueado por la gente de la zona, y los Praesidios han arremetido contra todos ellos. He ido a mirar si podía ayudarlos pero muchos han muerto antes de que yo pudiera hacer nada por ellos- Confesando sus lagrimas salían fácilmente recorriendo su rostro ahora gacho recordando la escena a la que se había enfrentado horas antes. El joven la abrazó instintivamente intentando mitigar su dolor, pero su llanto se hizo más fuerte.

-Lariko, escuchame- Cogió suavemente el rostro de la joven entre sus manos. Secando sus lagrimas la miró con dulzura, algo que la hizo calmarse. -Si abusas de tu poder, pronto correrá el rumor de que alguien extraño está usando algo sobrenatural para ayudar a la gente. Sé que la gente del Populus es incapaz de delatarnos, pero si algún soldado te descubre estaremos acabados. Y los nuestros no podrán encontrarnos, para salir de aquí. Tienes que ser muy cuidadosa ¿Está bien?- La joven asintió afablemente y Lagnak la besó en la frente, como un hermano mayor a su querida hermana pequeña.

De pronto del techo comenzó a caer arenilla, después un fuerte golpe que venía de él y por último una sacudida que hizo tambalear todo al rededor de ellos. El ruido era ensordecedor, pero más intenso era el movimiento que producía al moverse. El hombre puso su brazo encima de la cabeza de la joven y la obligó a agacharse imitándola después.

-¿Qué demonios...? ¿Otra vez?- La joven alzó la cabeza para comprobar el caos que ahora imperaba en la estancia. La mano de Lagnak se posó fuertemente en la cabeza de ella, para que no se lastimara con alguna estaca o roca que cayera del inestable y frágil techo.

-No te muevas, creo que andan buscando algo. Ven, debajo de la mesa- Ambos estaban ahora debajo de la mesa esperando a que eso, que hacía que todo se moviera bruscamente, se fuera. Segundos más tarde llegó la calma, fuera lo que fuese, ya no estaba encima de ellos. Poco a poco el ruido infernal se escuchaba cada vez más lejos. Ya podían salir de la mesa, se incorporaron tranquilamente, sabiendo que ya había pasado.

-Es la tercera vez esta semana ¿Que es lo que está pasando?- Se quejó Lariko sacudiéndose el polvo, de su pelo y hombros, que le cayó momentos antes.

-Se preparan para una guerra inminente- Aclaró contundentemente Lagnak.

-No entiendo ese miedo hacia nosotros, lo que están haciendo es justo lo que los llevará a la perdición. Si tan solo nos comprendieran...- Con tristeza comenzó a sacudir la arenilla de los hombros del joven hasta que comenzó a hacerlo por si solo.

-Cierto, pero eso no lo saben. Por su ignorancia cavarán su propia tumba, aunque eso también depende de los nuestros. También deberían entenderlos, es una situación de miedo- Explicó, tranquilamente Lagnak, mientras se sentaba en una de las sillas.

-¿Por miedo? ¿Crees que por miedo destruyen familias secuestrando a los nuestros para utilizarlos como cobayas? ¿Eso es justificable? ¿En serio Lagnak?- Estaba frente a él con una expresión de acusación, sus manos estaban encima de la mesa todo su cuerpo se apoyaba en sus brazos con un ademán rudo. Miraba al hombre fijamente todo su cuerpo estaba echado encima de él con suma tensión.

-El miedo hace que los humanos comentan esos errores. Al no conocer, hacen uso de lo más básico que es intentar buscar el punto débil del que creen su enemigo. Por supuesto que no los justifico, pero si los comprendo- Su tez era serena, sabía como la joven se sentía pero jamás iba a mentir para endulzar sus oídos. La joven debía aprender el valor de ponerse en el lugar de otros. No era nada suyo pero la quería como una hermana. Nunca la confundiría con mentiras y mucho menos obligarla a renunciar a sus principios.

-¿Por qué siempre tienes razón? Discutir contigo es algo inútil y cansado. Me rindo ¿Ok?- La joven, vencida, se dejó caer en la silla que tenía justo detrás. Una leve sonrisa se escapó de su boca. Lagnak simplemente rió, no porque ganara nada, simplemente le gustaba ver sonreír a la joven.

-Voy a preparar la cena ¿Me ayudas?- Ya estaba frente a la chimenea, varios cuencos y un anafre esperaban junto a ella.

-Bien- Asintió ayudando al joven a poner uno de los cuencos en el anafre. Lagnak fue hacia el único mueble de la estancia y abrió uno de sus cajones para sacar un par de cucharas de madera. Mientras Lariko, con sumo cuidado, vertía una especie de sopa con condimento en el cuenco ya puesto encima del soporte.

Unos fuertes golpes hicieron que ambos miraran la puerta al mismo tiempo, alguien estaba afuera aporreándola. Lagnak se puso el dedo indice en los labios, para que la joven guardara silencio. Poco a poco fue a la puerta intentando que sus pasos no fueran oídos desde fuera. Puso su oreja derecha más cerca de la madera. Una respiración agitada fue todo lo que escuchó, fue rápidamente a por su capa, aún mojada, para cubrir su pelo y rostro. Antes de terminar de ponerse la indumentaria el individuo de detrás de la puerta habló:

-Lagnak, soy yo, abre- Reconoció la voz al instante, así que dejando la capa de nuevo en su sitio, corrió a abrir al hombre. -Esos Praesidios son persistentes- Entró, quejándose, un tipo de unos cuarenta años. Vestía una capa que le cubría entero. Al quitársela se veía a primera vista que era un humano: bajo, de pelo castaño y ojos negros. Por su naturalidad al observarlos parecía que sabía perfectamente que ambos jóvenes eran Essens. Ahora se frotaba las manos del frío del exterior.

-¿Qué te trae por aquí?- Preguntó Lagnak, con curiosidad, cerrando tras de si. El hombre saludó a Lariko que siguió vertiendo la sopa en el tarro. Se dio el lujo de sentarse en una de las sillas y mirar al joven con confidencialidad.

-No sabes lo que acabamos de descubrir Lagnak- Sonreía plácidamente mientras hablaba. -Esto podrá cambiar muchas cosas- Prosiguió el tipo obteniendo toda la atención del hombre que tenía en frente.

-¿De qué hablas?- Lagnak ya estaba sentado frente a él. Preguntó con insistencia en su tono.

-No sé si dentro de unos días, quizás semanas, podremos conseguir restaurarlo. Pero seguro que si todo va bien podremos abrirlo, sí o sí- El hombre hablaba para si mismo, como si quisiera convencerse antes él de lo que estaba comunicando.

-¿Restaurar? ¿Abrir?- Las cuestiones del joven sacaron del trance al tipo que ahora lo volvía a mirar, estaba eufórico.

-¡Lagnak, no te lo vas a creer! Hemos descubierto la vía de la que nos hablaste, esa que aseguraste que tu padre cruzó y en la que desgraciadamente murió. Esa que ha estado oculta hasta ahora- Los ojos del joven se abrieron en toda su extensión, era algo que debía asimilar por un momento. No sabía si era algo bueno o malo, debía evaluar la situación antes de actuar.

-¿Cuantos saben de esto?- Terminó por decir. El hombre aún confundido por la reacción de Lagnak, contaba con sus dedos y su cejo fruncido.

-Pues... Creo que nosotros tres y el clan Landard. Unas diez personas- Concluyó el hombre mirando con seguridad al joven.

-Te pido, no, te suplico que por favor hables con tu gente, diles que nadie más puede saber de esto. Nadie más. Todo depende de eso ¿Entiendes? Ahora, llevame allí- Su mano se encontraba en el hombro derecho del tipo. Este asintió y rápidamente se puso su capa. Lagnak se volvió hacia Lariko que aún no asimilaba lo dicho en aquella sala. -Lariko, debes quedarte aquí hasta que yo vuelva. Si sucede algo simplemente lo sabré y vendré inmediatamente ¿Está bien?

-¿Y tu? ¿Si te pasa algo a ti?- La joven fue hacia él con una mueca de preocupación pero Lagnak le sonreía ampliamente mientras se vestía con su capa, imitando al humano.

-No te dejaría sola, volveré sano y salvo. Te lo prometo- Acarició la mejilla de Lariko, pero esto no le quitó la preocupación a la joven. Simplemente asintió resignada.

-Vamos Lagnak, justo ahora es el cambio de guardia. Ahora o nunca- Apresuró a decir el hombre ya en la puerta al ver que los jóvenes se resistían a separarse. Sin más dilación Lagnak fue hacia el exterior aún mirándola. La joven en un impulso corrió hacia ellos y agarró su brazo.

-No me obligues a salvarte la vida de nuevo Lagnak ¿Lo entiendes?- Avisó Lariko con tono serio, sin soltarlo. Lagnak asintió con ímpetu, algo que por fin, convenció a la joven dejándolo ir, soltando su brazo. ¿Podrían cambiar las cosas? Esa pregunta rebotaba en su mente una y otra vez, mientras lo veía cruzar la esquina con rapidez.

lunes, 8 de octubre de 2012

Elemental III

La cuarta parte y tercer capítulo de esta historia, comentad si os está gustado. En este capítulo aclaro muchas cosas y describo bastante parte del mundo en el que se mueven los protagonistas, esperad que solo falta un capítulo más y ya conoceréis a todos los personajes en su totalidad. Pronto subiré unas sorpresas espero que os gusten. Y como digo siempre: Os dejo con la historia...

Capítulo 2: Una nueva vida


Capítulo 3: Alianzas


El guerrero corría por el angosto pasillo, con una antorcha en su mano derecha, solo él y su señor conocían aquél pasadizo. Era el brazo derecho del monarca y el teniente general de las tropas de Atharos, por tanto poseía ciertos privilegios. Llevaba su túnica cobriza, típica de los soldados de las tierras del sur, enfundada en una armadura que se adaptaba perfectamente a su cuerpo. Protegiendo su cabeza llevaba un yelmo, este solo estaba formado por el morrión y una pequeña barbera, su diseño era digno de admirar ya que su forma y grabados imitaban los de un tigre de la antigua era. En el sur el poder más común era el de la fuerza bruta, así que el color de su ejercito y su gente representaba la tierra, lo fuerte, lo poderoso. Su bandera tenía de fondo, sin lugar a dudas, ese color. Y el símbolo de la forma de un tigre la adornaba allá donde estuviera alzada.

El hombre lucía agotado, se podía entrever que regresaba de un duro viaje. Su rostro, preocupado, denotaba que era portador de malas noticias. Ya estaba llegando al final de lo que hasta ahora parecía un pasillo interminable. Puso la antorcha en un soporte a su derecha, concebido especialmente para eso. Y observó la pared que tenía enfrente, con la luz de la antorcha se podía ver claramente un saliente en la parte inferior pero el soldado sabía su ubicación exacta. Al apretar su mano contra el resalte, este se incrustó en la pared. Un ruido casi inaudible comenzaba a sonar, la pared giró sobre su eje. Ahora podía verse como en los lados abiertos la luz penetraba libremente, sin más dilación el soldado salió de aquel pasillo sofocante.

-Mi señor, Danazir ha llegado- El sirviente estaba, con su cuerpo inclinado, ya en medio de la gigantesca sala, llevaba una toga de un tono pardo con varios bordados dorados a lo largo de ella. El hombre tenía su cara demacrada por el paso del tiempo y, aunque la capa lo tapara de pies a cabeza, podía vislumbrarse lo extremadamente famélico que estaba. En frente suya estaba el trono ocupado por un hombre joven de ojos vivos, color verde agua, casi blanquecinos. Su espalda descansaba en el respaldo de su cómodo asiento y su barbilla descansaba sobre su mano izquierda, despreocupada. Su atuendo indicaba su nobleza, pero su semblante era el que más evidenciaba su clase. Desprendía una belleza hipnotizadora que a la vez avisaba de su maldad. Su cabellera, gris plateada, descansaba en los hombros y una fracción de su pechera. Parte de su frente estaba cubierta por una tiara adornada con los mismos motivos que los yelmos de sus soldados pero hecha de oro blanco y diamantes incrustados.

-¡¿Y por qué me haces esperar?! ¡Debería estar frente a mí ya!- La calma y la sombría que mostraba segundos antes desaparecieron, ahora su cuerpo se había incorporado hacia delante, mirando al viejo hombre, sus ojos avisaban de su enfado. El anciano sin demorarse más, corrió hacia la entrada de la estancia. El guerrero Danazir entró con paso ligero, de un movimiento se quitó el yelmo descubriendo su melena blanca medio trenzada a un lado. Acto seguido se postró ante el noble joven, como señal de respeto. Miró hacia su señor para ver el gesto de aprobación, por lo que se enderezó de nuevo.

-Habla- El joven avistó en el rostro del soldado que traía malas noticias, así que se levantó de su trono y fue hacia él. Su forma de andar también era distinguida y sofisticada, digna del noble que era. No apartaba la vista del hombre que tenía cada vez más cerca.

-Mi señor, aún no la hemos encontrado, cuando el rumor se expande le da la oportunidad de esconderse mejor, y la hace aún más difícil de encontrar- Explicó mientras veía al joven acercársele.

-Me estoy acostumbrando a escuchar esto una y otra vez por estos dos últimos años ¿Cómo crees que es? ¿Bueno o malo, Danazir?- Sus ojos no preguntaban en ese momento, estos estaban llenos de malicia, el hombre podía intuir que no esperaba la respuesta. Se limitó a inclinar su rostro hacia abajo. -Sé que eres un buen soldado... Y qué lo darías todo por tu señor... Pero ¡¿Por qué demonios no puedes encontrar a una simple estúpida, la cual solo quiere amargar mi existencia?!- El joven estaba ahora mirando fijamente a Danazir, este comenzó a notar una fuerte presión en su cuello, algo le impedía respirar, era el poder del joven, lo sabía. Su rostro tornaba a morado por momentos y la falta de aire hizo que cayera de rodillas al suelo sin fuerzas, poniéndose las manos en el cuello. -No morirás ahora, todavía tienes utilidad para mí, acaba de informarme y lárgate de mi vista- Se alejó unos centímetros del guerrero y este notó como la presión desaparecía y sus pulmones volvían a recibir aire. Tosió un par de veces y unos segundos después de recuperar la compostura, se puso de pie, como si no hubiera pasado nada.

-La soberana Asitafna requiere su audiencia, mi señor. Insiste en que hablará de alianza si va a verla, personalmente- Su voz aún sonaba afectada por la anterior “hazaña” de su rey. Este cambió radicalmente su expresión, ahora lucía una amplia sonrisa y dio la espalda al soldado. Segundos después volvió a girarse mostrando una mueca feliz y retozadora.

-Me encanta la idea, manda al capataz a que escriba mi partida en las crónicas, partiremos hoy para estar allí mañana mismo- Ahora su dedo indice tocaba repetidas veces su mejilla, aún tenía algo más que decir.

-Mi señor para llegar mañana deberíamos ensillarle un Alatista y sabe lo agresivos que se ponen en esta época del año- Debía salvaguardar la seguridad de su majestad, pero sabía su contestación de ante mano.

-Si vuelves a sugerirme algo como eso morirás- Volvió a clavarle la mirada. -Además tú me acompañarás, si ves que algún animal se vuelve contra mí solo mátalo- Esta vez sonrió, su ademán era ahora bastante enérgico.

-Así se hará, mi señor- Dicho esto, Danazir se retiró rápidamente de la enorme sala dejando a un joven ahora complacido y con una maquiavélica sonrisa.

Ya salía del inmenso castillo, uniformado, con una armadura muy parecida a la de su soldados, pero color bronce, algo que lo identificaba como el más alto cargo del ejército de Atharos. Su tiara había sido sustituida ahora por un yelmo del color de la armadura y con mucho más volumen que el que lucían sus tropas. Varios sirvientes, Danazir y tres soldados lo esperaban en una explanada, al llegar el viento comenzó a ser huracanado. Mirando hacia arriba, podían verse cinco criaturas aladas de grandes dimensiones. Eran llamados Alatistas, ya que la mayor parte de su descomunal cuerpo eran dos increíbles alas pardas, lucían como las de un águila imperial pero diez veces más grandes. Su complexión se asemejaba bastante a la de un león de la antigua era y sus patas a las de un dragón. Un pelaje ocre, como el de un potro, cubría casi toda su figura. Su cabeza mezclaba características tanto de felino, por su hocico y pupilas rasgadas; como de équido, por la forma de su cabeza y cuello. Venían montadas por los capataces a cargo de la villa privada del reino, donde se adiestraban los caprichos de su majestad. Amaba tener cualquier animal que le pareciera buen transporte, por muy peligroso que fuera. Muchos mozos perdían la vida intentando domar a las más salvajes bestias, para mantener contento a su señor.
Con una majestuosa calma, los cinco animales se posaron en el suelo, los capataces bajaron con pasmosa facilidad y acto seguido dieron las riendas a los soldados. Dos de estas se las pasaron a Danazir, puesto que una iba destinada al joven noble. El guerrero se la ofreció con respeto, pero el monarca estaba distraído, acariciando la cabeza de uno de los seres alados.

-Mi señor...- Lo llamó con tono suave, ofreciéndole las bridas de la criatura que estaba acariciando.

-Sabía que en mi presencia se calmarían... La gente no los comprende como yo, por eso muere intentando domarlos. Solo hay que entenderlos...- Cogió las riendas sin dejar de acariciar al animal, admirando su nobleza, ensimismado por su belleza. Después de unos segundos, ya fuera de su ensoñación, de un solo y poderoso impulso se sentó en la parte posterior del animal, donde se hallaba una montura perfectamente ensillada. Para ojos humanos ese movimiento sería algo casi imposible, tanto por la rapidez como por el peso de tal armadura. Danazir lo imitó con un gesto aún más habilidoso, tantos años de adiestramiento en el ejercito le habían dado destreza para estos pequeños detalles. -¡Vamos!- Los soldados que restaban siguieron las ordenes, montando en sus respectivas monturas y momentos después incentivaban a las bestias, con sonidos rudos, para que alzaran el vuelo.

En un estruendoso sonido del viento encolerizado, por el batido de tan poderosas alas, los cinco animales comenzaron a elevarse hasta que encontraron equilibrio para comenzar su viaje. Decían que un Alatista podía recorrer el mundo de este a oeste en tan solo un par días. Sus poderosas alas permitían surcar los cielos a una velocidad estrepitosa era el transporte común de alguien que supiera domarlos. Se caracterizaban por lo imposible que se hacía adiestrarlos y por lo susceptible que eran a los cambios, tanto de clima como de dueño.

Tardaron tan solo medio día en divisar las montañas del oeste, se podían diferenciar por su alta concentración de hielo en ellas y su increíble altura. Era un territorio bastante frío, nevaba en todas las estaciones del año y no daba tregua a los viajeros de tierras desérticas, que sufrían el cambio tan drástico de temperaturas. Por suerte en el sur, las temperaturas eran medianamente templadas, y aún notando el tremendo cambio, uno podía habituarse rápidamente al gélido clima del oeste.

Unos minutos más tarde divisaban, entre la espesa niebla, el enorme palacio de Dorfmon. Se elevaba por encima de todo lo demás, sus torres atravesaban las nubes. Ya casi encima de esas estructuras, los cinco animales eran guiados para bajar su vuelo. Poco a poco, podían apreciar más detalles del espectacular reino al que se estaban acercando. Muchos decían que sus paredes y muros eran contagiados por la belleza de su regente. Pocos tenían el privilegio de ver su rostro, pero al escuchar esas leyendas, los viajeros se conformaban simplemente con ver el enorme palacio en todo su esplendor.

Ya se distinguían los preciosos detalles de las torres, en un fondo negro, numerosas pinturas plateadas imitaban escenarios de la naturaleza. La del centro tenía una gigantesca figura colocado en lo alto, era una sirena. Parecía hecha de hielo, sus brazos erguidos formaban una uve como si estuviera invocando al cielo por un poderoso hechizo. Su rostro sin embargo miraba al frente, sus ojos desprendían una fuerza fulminante, como si de un momento a otro fuera a atacar, con semejante poder, al que la mirara fijamente.

Elegantemente, las cinco criaturas, aterrizaron en el patio principal del recinto. Varios sirvientes se sorprendieron pero al identificar de quienes se trataban, corrieron a atender a los recién llegados. Danazir, como sus otros soldados, entregó las riendas a los serviciales hombres que llegaban rápidamente. El monarca sin embargo espero que el sirviente de más rango llegara a él para atenderlo. Este llegó y, con un gesto de sumo respeto, tomó las bridas del joven que ahora avanzaba hacia la entrada principal del monumental castillo. Sin más dilación sus secuaces lo siguieron muy de cerca, escoltando perfectamente a su rey.
Pudo ver que dos soldados de Dorfmon custodiaban la enorme entrada. Lucían armaduras parecidas a la de sus hombres pero el color de sus túnicas era un azul grisáceo. Lo que más los diferenciaba era sus yelmos, tenían grabados que imitaban las olas del mar, y su forma recordaba la de un tiburón blanco. A los lados, dos aletas, perfectamente esculpidas.
Los hombres al ver al joven noble, dieron un fuerte golpe en el suelo con las lanzas que llevaban en su mano derecha y poco a poco la enorme puerta se abría de par en par.

-Esperen aquí, mi señora los atenderá en unos segundos- El sirviente que habló apareció del fondo de la estancia y se paró en frente del séquito. Eso de tener que esperar no le hizo mucha gracia al monarca, pero ver de nuevo a esa hermosa mujer valía la pena. Asintió con su cabeza y una sonrisa falsa en los labios. Los cinco individuos se relajaron, quitándose los yelmos, para sostenerlos entre su cadera y su mano izquierda.

Ya había estado allí varias veces, para otros asuntos muy distintos a los que le traían este día. Giró sobre sí. Podía admirar la hermosura de la sala, a diferencia de sus muros exteriores, las paredes y el techo de esta, eran de un gris blanquecino que contrastaba con dibujos casi imperceptibles pero que al observar detenidamente se podían interpretar como motivos florales. No había mucho inmobiliario lo que denotaba que era un simple vestíbulo, para recibir cualquier visita.

Todas las miradas se giraron para recibirla, los rumores de su belleza se quedaban cortos al tenerla frente a frente. Sus ojos eran los que más encanto desprendían, su color plateado y su forma encandilaban a todo el que los mirara detalladamente. Sus demás rasgos armonizaban perfectamente ya que eran delicados y a la vez bien definidos. Lucía una tiara, de lo que parecía hielo, tenía grabados que representaban al mar y a primera vista se le veían incrustadas diversas piedras preciosas. Su atuendo consistía en un vestido de un tono grisáceo pero con estampados de diversos tonos. Este destacaba por su forma oriental y por el corset que se ceñía a su cintura, con un tono bastante oscuro, casi negro. Todo en su conjunto le añadía aún más atractivo a la mujer que ahora se les acercaba, elegantemente.

-Me encanta la rapidez con la que responde su majestad a mis deseos- El monarca se dio por aludido al escuchar esto. Se acercó a la dama y respetuosamente se inclinó para besarle la mano.

-Es un honor para mí satisfacer vuestros deseos, mi hermosa dama- Al volver a erguirse la miró fijamente a los ojos. Le encantaba admirar la profundidad de estos, proyectaban tal inocencia que le provocaba un desenfrenado deseo por poseer a su dueña.

-Tenemos asuntos que tratar, vayamos a la sala del trono- Esperando que el monarca la siguiera se adelantó hacia las escaleras.

-Esperad mi regreso- Ordenó el joven a sus hombres, ahora siguiendo a la mujer.

-Dejadles que mis sirvientes les sirvan algo, el viaje de regreso puede ser agotador si no reponéis fuerzas. ¡Marathar!- La mujer paró en seco, para llamar a su sirviente. Este llegó segundos después, inclinando su rostro preparado para recibir ordenes. -¡Sírvanles algo de comida y lo que deseen para acompañarla!- Dicho esto dirigió su mirada a los hombres que eran guiados ahora por Marathar. Su mirada se fijó especialmente en Danazir, quizás por su evidente atractivo...

-Vamos mi señora- Indicó el monarca justo detrás de ella. Simplemente desvió la mirada y sonrió ahora al joven noble.

-Seguidme- Con paso decidido terminaron por subir las escaleras.

Ya en la sala, donde además del trono había una mesa y varias sillas, se podía ver la misma estructura que el vestíbulo de donde venían. Allí se celebraban reuniones para decidir el destino del reino que regentaba y las leyes de este.
Con total libertad el monarca se adelantó a sentarse en una de las sillas, ya había preparado un buen manjar sobre la mesa y tomó una uva, del gran racimo que estaba en el centro.

-¿Esto ha sido una simple escusa para verme, mi señora?- Preguntó el joven mientras se alimentaba con varios frutos secos ahora.

-Sé el interés que tienes hacia mi, pero ya te hemos hablado de eso. Quizás cuando nuestros asuntos finalicen y solo quizás, pueda complacer tus deseos, Thiago- La mujer le daba la espalda, pero sabía la expresión de este al escuchar sus palabras.

-Sabes que no me gusta esperar, Asitafna- Se levantó hacia ella con el ceño fruncido.

-Lo sé perfectamente, aún así, te tengo una buena noticia- Ella se giró hacia él y puso su dedo indice en la nariz de este.

-Y ¿De qué se trata? ¿Quizás las negociaciones con Gorflan han surgido efecto?- Ahora agarraba la mano de la mujer para besarla y ponerla en su mejilla.

-No tan buenas noticias pero creo que dentro de poco cederán a mis negociaciones, hay ofertas que no se pueden rechazar...- Suavemente apartó la mano del rostro del monarca, sin que este se sintiera ofendido. La miraba ahora fijamente, con júbilo en sus ojos.

-Sabía que la dama Asitafna no me fallaría, solo espero que ningún rumor sobre estas negociaciones se filtre y llegue a sus oídos, sabes que desde lo que pasó con mi hermana, Nathar no puede verme, me odia. Si se entera que estoy detrás de todo esto... Nuestras intenciones de alianza se irán al traste ¿Lo sabes, verdad?- Ahora agarraba a la mujer por la cintura enérgicamente.

-Sí, ahora suéltame- Estaba alterada, pero no quería demostrárselo al joven que ahora la obligaba a algo que no quería. Este comenzaba a besarla en el cuello, cada vez la agarraba de la cintura con más fuerza. -¡Thiago!- El joven seguía sin escuchar la petición insistente de la mujer.

-¿Por qué tanta resistencia mi dama? Ambos podemos disfrutar de esto- Sin poder decir más el joven sintió la mano de Asitafna en su nuca. De pronto notó un escalofrío que se convirtió en punzadas de dolor, dolor hacía el frío que ahora estaba proyectando la mano de la mujer. Ese era su poder. Le estaba congelando la piel por momentos. Justo en su nuca, esto hacía que no pudiera utilizar su poder contra esa gélida habilidad de la dama. Sabía su debilidad, por desgracia solo podía soltarla de manera afable y lentamente.

-Lo sé, Thiago. También sé lo limitado que es tu poder, así que no juegues con fuego. Yo siempre puedo apagarlo, no lo olvides- Ya libre de los brazos del joven, su corazón se calmó. Segundos después quitó su mano de la nuca del regente. Este calló de rodillas para recuperar el aliento que ahora salía difícilmente de su boca, como un vaho casi congelado.

-Maldita z...- Cuando se iba a abalanzar sobre ella, Danazir entró sin más en la sala. Por un segundo observó la escena y se fijó en Asitafna, ella le devolvió la mirada, quizás agradecida, su entrada la había salvado de una escena incluso más temible. Esto hizo que el monarca se detuviera con su rostro de ira enfocado ahora hacia su soldado. -¿Qué demonios haces aquí?

-Lo siento mi señor, es algo de suma importancia- Se limitó a decir, ahora, con su rostro gacho.

-¡Dilo ya, maldita sea!- Aún molesto, pero con una recuperada compostura, exigió que prosiguiera.

-La han encontrado mi señor, me han informado de la posición exacta de vuestra hermana- Danazir sonreía ampliamente hacia el joven noble. Este cambió su expresión irritada por una de suma felicidad.

-Ahora es tu oportunidad para redimir tus errores, buen soldado- Expresó con entusiasmo el monarca.

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